Paz de Cristo!
ADONAY ROJAS ORTIZ
Pastor
Un Análisis Exegético de su Relación Indispensable
El presente estudio aborda una de las cuestiones soteriológicas más cruciales del Nuevo Testamento: la relación entre el bautismo y la salvación. Lejos de ser un rito opcional o meramente simbólico, un análisis riguroso de los textos bíblicos revela el bautismo como una condición divinamente establecida e indispensable en el proceso de la salvación. Esta aplicación interactiva explora los pilares exegéticos que fundamentan esta doctrina, invitando al estudiante de las Escrituras a examinar la evidencia tal como fue presentada por Cristo y sus apóstoles.
El punto de partida ineludible es el mandato de Jesucristo mismo, registrado en el Evangelio de Marcos. Aquí, el Señor no presenta dos ideas separadas, sino una proposición condicional unificada. La estructura gramatical es precisa y su orden, teológicamente significativo. No se contempla la salvación para el creyente que omite el bautismo.
"El que crea y sea bautizado, será salvo; pero el que no crea, será condenado."- Marcos 16:16
Análisis de la secuencia salvífica:
Nótese que la condenación se vincula únicamente a la incredulidad porque esta es la raíz que impide dar el siguiente paso ordenado por Cristo: el bautismo. El que no cree, naturalmente, no se bautizará. Sin embargo, para el que cree, el bautismo es el paso consecuente y necesario para completar la condición de la salvación.
El apóstol Pedro ofrece una de las analogías más poderosas, conectando el bautismo con el evento del diluvio. El arca de Noé, un instrumento de salvación, fue levantada y llevada a la seguridad precisamente por el agua que juzgó al mundo. Pedro declara que este evento es un "tipo" o prefiguración del bautismo, el cual ahora nos salva.
"El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) mediante la resurrección de Jesucristo."- 1 Pedro 3:21
Pedro aclara que su poder no es meramente físico ("no quitando las inmundicias de la carne"), sino espiritual: es la respuesta de una conciencia que apela a Dios por limpieza, una limpieza que se hace efectiva en el acto del bautismo por la autoridad de la resurrección de Cristo.
El Nuevo Testamento vincula consistentemente el bautismo con el perdón de los pecados, que es un componente esencial de la salvación. Sin remisión de pecados, no hay reconciliación con Dios. Los siguientes pasajes establecen esta conexión de forma explícita e inequívoca.
"Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados..."
La preposición griega "eis" (para) indica propósito y dirección. El bautismo no es una celebración de un perdón ya recibido, sino el medio divinamente señalado para recibir dicho perdón, posterior al arrepentimiento.
"Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre."
A pesar de su encuentro con Cristo en el camino a Damasco y de haber sido un creyente arrepentido por tres días, los pecados de Saulo (Pablo) aún no habían sido lavados. Ananías le ordena ser bautizado para que este lavamiento ocurra.
"Bautizaba Juan en el desierto, y predicaba el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados."
Incluso el bautismo precursor de Juan, que preparaba el camino para Cristo, estaba intrínsecamente ligado al concepto de "perdón de pecados". El bautismo cristiano, superior al de Juan, lleva esta realidad a su pleno cumplimiento en el nombre de Jesús.
El clímax del primer sermón del evangelio en Hechos 2 no es solo una explicación teológica, sino una exhortación urgente a la acción. La respuesta a la pregunta "¿qué haremos?" fue "Arrepentíos y bautícese". La narrativa confirma que la salvación estaba ligada a esta obediencia.
"Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación. Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas."- Hechos 2:40-41
La secuencia es clara: la salvación fue ofrecida, y aquellos que la aceptaron lo demostraron y la hicieron efectiva a través del bautismo. La adición de las 3,000 almas a la iglesia se registra después de su bautismo, no antes.
I. Valor de las cartas
A través de los tiempos estas cartas se han usado para instruir a ministros en cuanto a sus deberes, conducta y requerimientos, y resultaron ser valiosas como patrón ético. Pero su utilidad ha rebalsado estos límites ministeriales, ya que en ellas se encuentran principios espirituales importantísimos que remiten a grandes verdades doctrinales, como así también notas de aliento y discernimiento teológico que han enriquecido la vida devocional de las iglesias.
Ellas llenan una parte que ninguna otra de las cartas del NT nos suple. Se relacionan fundamentalmente con el oficio del ministro. Es cierto que hay otras partes en el NT donde se tocan estos temas: Mt. 10; Mr. 16; 1, 2 Co., pero aquí toman un relieve mayor al hablar de las calificaciones y deberes que surgen de él. Es claro que el bienestar y crecimiento de la congregación depende en gran manera, del carácter del ministro. En sus manos está la preservación y la expansión del mensaje. La iglesia se adhiere a la verdad, se edifica en fe, se distingue por el amor, pureza y celo, en la medida en que el ministro es honrado y se muestra calificado para su trabajo.
En todas las épocas la corrupción ha comenzado por el ministerio, pero también es cierto que en donde ha habido celo, fuerza y belleza en la extensión del mensaje es porque Dios había derramado su Espíritu abundantemente sobre los que cumplieron el oficio sagrado. Si la iglesia ha de prosperar en todas las edades, el púlpito debe estar lleno con ministros piadosos, enseñados, laboriosos, devotos y firmes. Y aunque el contenido de estas cartas fundamentalmente se dirige a los ministros del evangelio, la iglesia misma puede promover de una manera insuperable su propia pureza y prosperidad al estudiar con atención y oración estas epístolas.
Los siguientes puntos hacen a las pastorales relevantes para su estudio:
• Ponen énfasis en la sana doctrina.
• Exigen una vida consagrada.
• Responden a la pregunta si la fe, lo que ceo, tienen algún valor.
• Nos muestran las actividades finales de Pablo.
• Brindan una valiosa información de la iglesia en el tercer cuarto del siglo I d.C.
II. Las pastorales y Hechos de los Apóstoles
Se llaman así porque mayormente están dirigidas a pastores, o porque atienden asuntos pastorales.
Las epístolas pastorales están fuera del registro de Hechos, por lo cual es difícil reconstruir este período de la vida de Pablo. Sin embargo, hay ciertos indicios que pueden extraerse de las mismas epístolas pastorales.
El contexto histórico de Hechos finaliza con Pablo en la cárcel en Roma. A la luz de 1 Ti. y Tito, Pablo se halla libre, mientras que en 2 Ti. no sólo está en la cárcel, sino también esperando su sentencia final:
Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo, sino participa de las aflicciones por el evangelio según el poder de Dios. (1:8)
en el cual sufro penalidades, hasta prisiones a modo de malhechor; pero la palabra de Dios no está presa. (2:9)
Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio.
Yo ya estoy próximo a ser sacrificado. El tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida. (4:5–8)
De modo que entre ambos acontecimientos (encarcelamientos), el apóstol estuvo libre y siguió su trabajo misionero.
Las tres epístolas muestran algunos elementos de la actuación de Pablo en ese período:
• 1 Ti.: Pablo acaba de dejar a Timoteo en Éfeso.
Como te rogué que te quedaras en Éfeso cuando fui a Macedonia, para que mandaras a algunos que no enseñen diferente doctrina. (1 Ti. 1:3)
• Tit.: Pablo acaba de dejar a Tito en Creta.
Por esta causa te dejé en Creta, para que corrigieras lo deficiente y establecieras ancianos en cada ciudad, así como yo te mandé. (Tit. 1:5)
Al final el apóstol insta a Tito a reunirse con él en Nicópolis para el invierno.
Cuando te envíe a Artemas o a Tíquico, apresúrate a venir a mí a Nicópolis, porque allí he determinado pasar el invierno. (3:12)
• 2 Ti.: Pablo está prisionero y anticipa su final. Ya ha estado en Roma. Onesíforo lo estuvo buscando allí.
Tenga el Señor misericordia de la casa de Onesíforo, porque muchas veces me confortó y no se avergonzó de mis cadenas, sino que, cuando estuvo en Roma, me buscó solícitamente y me halló. (1:16 y 17)
Había dejado parte de sus pertenencias en Troas.
Trae, cuando vengas, el capote que dejé en Troas en casa de Carpo, y los libros, mayormente los pergaminos. (2 Ti. 4:13)
También había estado en Mileto donde dejó a Trófimo enfermo.
Erasto se quedó en Corinto, y a Trófimo dejé en Mileto, enfermo. (2 Ti. 4:20)
En 4:16 se menciona un "juicio anterior", que probablemente haya sido un examen preliminar para el juicio oficial final.
En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon; no les sea tomado esto en cuenta.
En la Epístola a los Romanos, Pablo hablaba de su deseo de ir a España, siendo encaminado por los mismos romanos cuando los visitara. Si bien allí dice que ya había cumplido su misión en el este y sus ojos estaban en el oeste, al estar en la prisión romana escribe supuestamente Ef., Col., Flm. y Fil. con lo cual da a entender que su mirada todavía estaba puesta en el oriente, y no sólo por escribir sino también con deseos de ir. Daría la apariencia que el apóstol cambió de punto de vista y volvió a oriente, a recorrer lo visitado, combatir las herejías del momento, organizar las iglesias y enviar delegados para la prosecución de dichas tareas. No se sabe, finalmente, si Pablo fue o no a España. De haber ido, tuvo que haber sido obviamente antes de su regreso al este.
III. Timoteo y Tito
Timoteo
Timoteo era natural de Listra y muy estimado por la iglesia del lugar y de Iconio. Era hijo de madre judía y padre griego. Evidentemente ella influyó en su educación.
Después llegó a Derbe y a Listra. Había allí cierto discípulo llamado Timoteo, hijo de una mujer judía creyente, pero de padre griego; y daban buen testimonio de él los hermanos que estaban en Listra y en Iconio. (Hch. 16:1 y 2)
trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también. (2 Ti. 1:5)
En el verano del 49 ó 50 después de la disputa con Pedro (Gá. 2:11ss) y con Bernabé (Hch. 15:36ss), Pablo asocia a Timoteo a su equipo misionero. Éste estaría unido al apóstol con más desinterés que nadie hasta su muerte, unos quince años.
Espero en el Señor Jesús enviaros pronto a Timoteo, para que yo también esté de buen ánimo al tener noticias vuestras, porque no tengo a ningún otro que comparta mis sentimientos y que tan sinceramente se interese por vosotros, pues todos buscan sus propios intereses y no los de Cristo Jesús. Pero ya conocéis los méritos de él, que como hijo a padre ha servido conmigo en el evangelio. (Fil. 2:19–22)
Corrían los años del primer viaje misionero, y Timoteo pudo ver los sufrimientos del apóstol.
Pero tú has seguido mi doctrina, conducta, propósito, fe, entereza, amor, paciencia, persecuciones, padecimientos, como los que me sobrevinieron en Antioquía, en Iconio, en Listra; persecuciones que he sufrido, pero de todas me ha librado el Señor. (2 Ti. 3:10 y 11)
Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza. (1 Tim 4: 12)
Timoteo parece haber sido de unos veinte años de edad o menos, cuando se asoció a Pablo, y aunque al principio era auxiliar en sus tareas misioneras, enseguida le encargó ciertas actividades independientes.
Por eso, no pudiendo soportarlo más, acordamos quedarnos solos en Atenas, y enviamos a Timoteo, nuestro hermano, servidor de Dios y colaborador nuestro en el evangelio de Cristo, para confirmaros y exhortaros respecto a vuestra fe. (1 Ts. 3:1ss)
Por esto mismo os he enviado a Timoteo, que es mi hijo amado y fiel en el Señor, el cual os recordará mi proceder en Cristo, de la manera que enseño en todas partes y en todas las iglesias. (1 Co. 4:17)
Si llega Timoteo, procurad que esté con vosotros con tranquilidad, porque él hace la obra del Señor lo mismo que yo. Por tanto, nadie lo tenga en poco, sino encaminadlo en paz para que venga a mí, porque lo espero con los hermanos. (16:10ss)
Envió entonces a Macedonia a dos de los que lo ayudaban, Timoteo y Erasto, y él se quedó por algún tiempo en Asia. (Hch. 19:22)
Espero en el Señor Jesús enviaros pronto a Timoteo, para que yo también esté de buen ánimo al tener noticias vuestras, porque no tengo a ningún otro que comparta mis sentimientos y que tan sinceramente se interese por vosotros, pues todos buscan sus propios intereses y no los de Cristo Jesús. Pero ya conocéis los méritos de él, que como hijo a padre ha servido conmigo en el evangelio. Así que a éste espero enviaros, luego que yo vea cómo van mis asuntos. (Fil. 2:19ss)
Timoteo es citado como corredactor en seis epístolas:
Pablo, Silvano y Timoteo, a la iglesia de los tesalonicenses en Dios Padre y en el Señor Jesucristo: Gracia y paz sean a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo… Pablo, Silvano y Timoteo, a la iglesia de los tesalonicenses en Dios nuestro Padre y en el Señor Jesucristo. (1, 2 Ts.)
Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo, a la iglesia de Dios que está en Corinto, con todos los santos que están en toda Acaya. (2 Co.)
Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, con los obispos y diáconos. (Fil.)
Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo, 2 a los santos y fieles hermanos en Cristo que están en Colosas: Gracia y paz sean a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. (Col.)
Pablo, prisionero de Jesucristo, y el hermano Timoteo, al amado Filemón, colaborador nuestro, a la amada hermana Apia, a Arquipo, nuestro compañero de milicia, y a la iglesia que está en tu casa. (Flm.)
También acompañó a Pablo en su viaje a Jerusalén después del tercer viaje misionero:
Lo acompañaron hasta Asia, Sópater hijo de Pirro, de Berea; Aristarco y Segundo, de Tesalónica; Gayo, de Derbe, y Timoteo; y de Asia, Tíquico y Trófimo. (Hch. 20:4)
Y estuvo con Pablo en el primer encarcelamiento en Roma (Fil. 1:1; Col. 1:1; Flm. 1).
Sin embargo, se ignora dónde estuvo durante los dos años de la estadía en prisión del apóstol en Cesarea y durante el viaje a Roma.
Las epístolas muestran a un Timoteo, que estaría en los treinta a treinta y cinco años de edad, en un puesto directivo de responsabilidad, como representante de Pablo en la Iglesia de Asia Menor.
Igual que Tito, Timoteo debe nombrar ministros:
Por esta causa te dejé en Creta, para que corrigieras lo deficiente y establecieras ancianos en cada ciudad, así como yo te mandé. (Tit. 1:5)
No impongas con ligereza las manos a ninguno ni participes en pecados ajenos. Consérvate puro. (1 Ti. 5:22),
Ha de administrar también la disciplina de la iglesia:
ontra un anciano no admitas acusación si no está apoyada por dos o tres testigos.
A los que persisten en pecar, repréndelos delante de todos, para que los demás también teman. Te encarezco delante de Dios, del Señor Jesucristo y de sus ángeles escogidos, que guardes estas cosas sin prejuicios, no haciendo nada con parcialidad. (1 Ti. 5:19s)
Y supervisar el culto público.
En la segunda epístola el apóstol le ruega que vaya adonde él estaba:
Procura venir pronto a verme. (2 Ti. 4:9).
Algunos arguyen que después de la muerte de Pablo, Timoteo siguió su obra con un maestro del círculo paulino que pudiera ser el autor de Hebreos:
Sabed que está en libertad nuestro hermano Timoteo, con el cual, si viene pronto, iré a veros. (He. 13:23).
La tradición lo hizo el primer obispo de Éfeso, fue enterrado allí y luego sus restos fueron trasladados a Constantinopla, pero esto como aquello no tiene fuerza histórica.
Timoteo parece haber sido de carácter tímido y físicamente frágil.
porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. (2 Ti. 1:7ss)
Ya no bebas agua, sino usa de un poco de vino por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades. (1 Ti. 5:23)
Pablo le escribe a los corintios, para que él se sienta cómodo y no despreciado:
Si llega Timoteo, procurad que esté con vosotros con tranquilidad, porque él hace la obra del Señor lo mismo que yo. Por tanto, nadie lo tenga en poco, sino encaminadlo en paz para que venga a mí, porque lo espero con los hermanos. (1 Co. 16:10, 11).
Aparentemente la misión de Timoteo a Corinto no tuvo éxito, pero sí la de Tito.
Al acordarme de tus lágrimas, siento deseo de verte, para llenarme de gozo (2 Ti. 1:4)
Era afectuoso o un tanto sentimental, pero no debía dar lugar a los deseos juveniles y no avergonzarse del evangelio.
Huye también de las pasiones juveniles y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor. (2 Ti. 2:22)
Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo, sino participa de las aflicciones por el evangelio según el poder de Dios. (2 Ti. 1:8)
Pablo lo elogia por su lealtad más que a ningún otro de sus colaboradores.
Tito
Exhorta asimismo a los jóvenes a que sean prudentes. Preséntate tú en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza, mostrando integridad, seriedad, palabra sana e irreprochable, de modo que el adversario se avergüence y no tenga nada malo que decir de vosotros. (Tit. 2:6ss)
Parece ser de la misma edad de Timoteo y es conocido gracias a cuatro epístolas paulinas (Gá., 2 Co., Tit. y 2 Tim.).
Pero ni aun Tito, que estaba conmigo, con todo y ser griego, fue obligado a circuncidarse. (Gá. 2:3)
Tito era gentil (griego) de nacimiento y fue convertido por Pablo, sin pasar primero por el judaísmo.
A Tito, verdadero hijo en la común fe: Gracia, misericordia y paz, de Dios Padre y del Señor Jesucristo, nuestro Salvador. (Tit. 1:4)
Se lo encuentra por primera vez como miembro de la comunidad de Antioquía y acompañante de Pablo y Bernabé en su viaje al concilio apostólico.
Después, pasados catorce años, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, llevando también conmigo a Tito. (Gá. 2:1)
De modo que fue colaborador de Pablo antes que Timoteo. Quizá fue acompañante en los restantes viajes, aunque no se lo encuentra hasta el tercer viaje misionero, donde Tito fue quien les llevó a los corintios la "carta severa" y, gracias a su hábil proceder, trajo nuevamente a la obediencia a aquella comunidad casi perdida.
no tuve reposo en mi espíritu, por no haber hallado a mi hermano Tito. Por eso, despidiéndome de ellos, partí para Macedonia. (2 Co. 2:13)
Pero mucho más nos gozamos por el gozo de Tito, que haya sido confortado su espíritu por todos vosotros. Si de algo me he gloriado con él respecto de vosotros, no he sido avergonzado. Al contrario, así como en todo os hemos hablado verdad, también resultó verdad el habernos gloriado con Tito acerca de vosotros. Y su cariño por vosotros es aún más abundante, cuando se acuerda de la obediencia de todos vosotros, de cómo lo recibisteis con temor y temblor. (2 Co. 7:13ss)
de manera que exhortamos a Tito, para que tal como comenzó antes, asimismo acabe también entre vosotros esta obra de gracia. (2 Co. 8:6)
Rogué a Tito, y envié con él al hermano. ¿Os engañó acaso Tito? ¿No hemos procedido con el mismo espíritu? ¿No hemos seguido en las mismas pisadas? (2 Co. 12:18)
Doy gracias a Dios que puso en el corazón de Tito la misma preocupación por vosotros, pues a la verdad recibió la exhortación; pero estando también muy solícito, por su propia voluntad partió para ir a vosotros. (2 Co. 8:16 y 17)
En cuanto a Tito, es mi compañero y colaborador para con vosotros; y en cuanto a nuestros hermanos, son mensajeros de las iglesias y gloria de Cristo. Mostrad, pues, con ellos, ante las iglesias, la prueba de vuestro amor y de nuestro motivo de orgullo respecto de vosotros. (2 Co. 8:23 y 24)
Como portador de la 2 Co. preparó después definitivamente la venida de Pablo. Es evidente que esto lo caracteriza como persona de mucho tacto, y quizá de una personalidad más fuerte que Timoteo.
Si llega Timoteo, procurad que esté con vosotros con tranquilidad, porque él hace la obra del Señor lo mismo que yo. (1 Co. 16:10)
Además, poseía cualidades de administrador. Pablo lo describe como "compañero y colaborador" (2 Co. 8:16ss).
Sólo años más tarde vuelve a encontrárselo en Creta, donde Pablo, después de la libertad del primer encarcelamiento romano, lo había dejado para organizar dicha iglesia, establecer un ministerio digno, vencer la oposición y enseñar sana doctrina.
Por esta causa te dejé en Creta, para que corrigieras lo deficiente y establecieras ancianos en cada ciudad, así como yo te mandé. (Tit. 1:5ss)
También Pablo le pide que se reúna con él en Nicópolis cuando llegue Artemas o Tíquico.
Cuando te envíe a Artemas o a Tíquico, apresúrate a venir a mí a Nicópolis, porque allí he determinado pasar el invierno. (Tit. 3:12)
Poco antes de la muerte del apóstol marchó a Dalmacia, probablemente por encargo suyo.
Procura venir pronto a verme, porque Demas me ha desamparado, amando este mundo, y se ha ido a Tesalónica. Crescente fue a Galacia, y Tito a Dalmacia. Sólo Lucas está conmigo. Toma a Marcos y tráelo contigo, porque me es útil para el ministerio. A Tíquico lo envié a Éfeso. Trae, cuando vengas, el capote que dejé en Troas en casa de Carpo, y los libros, mayormente los pergaminos. (2 Ti. 4:10)
Según la tradición murió a los noventa y cuatro años de edad en Gortyna (Creta) siendo obispo de la isla. Algunos eruditos sugieren que podría haber sido pariente de Lucas, razón por la cual éste no lo menciona en Hechos.
PABLO LLEGA A MACEDONIA
Para cualquiera que sepa leer entre líneas, la historia de la llegada de Pablo a Macedonia es una de las más fascinantes del libro de Los Hechos. Lucas, con una economía magistral de palabras, nos la cuenta en Hechos 16:6‑10. Aunque el relato es tan breve, nos da la impresión de una cadena inevitable de circunstancias que culmina en un acontecimiento estelar. Pablo había pasado por Frigia y Galacia, y tenía delante el Helesponto. A la izquierda se extendía la provincia populosa de Asia, y a la derecha la gran provincia de Bitinia; pero el Espíritu no le permitió entrar en ninguna de las dos. Había algo que le impulsaba incesantemente hacia el mar Egeo. Así es que llegó a Tróade Alejandrina, todavía indeciso sobre adónde se debía dirigir; y entonces le sobrevino una visión nocturna de un hombre que clamaba: ¡Cruza a Macedonia a ayudarnos! Pablo se hizo a la vela, y por primera vez el Evangelio vino a Europa.
UN MUNDO
En aquel momento Pablo debe de haber de haber visto mucho más que un continente para Cristo. Fue en Macedonia donde desembarcó; y Macedonia había sido el reino de Alejandro Magno, el que había conquistado todo el mundo conocido y llorado porque ya no quedaban más tierras que conquistar. Pero Alejandro era mucho más que un conquistador militar. Fue casi el primer universalista. Tenía más de misionero que de soldado; soñaba con un mundo dominado e iluminado por la cultura griega. Hasta un pensador de la talla de Aristóteles había dicho que era obvio tratar a los griegos como libres y a los orientales como esclavos; pero su discípulo Alejandro declaraba que Dios le había enviado «a unir, pacificar y reconciliar al mundo entero.» Afirmaba que su propósito era «casar el Oriente con el Occidente.» Había soñado con un imperio en el que no hubiera griegos ni judíos, bárbaros ni escitas, siervos ni libres (Colosenses 3:11). Es difícil imaginar que Pablo no tuviera en mente a Alejandro. Había iniciado su viaje en Tróade Alejandrina, que recibía su apellido de Alejandro; llegó a Macedonia, que era el reino original de Alejandro; trabajó en Filipos, que había recibido su nombre de Filipo, el padre de Alejandro; pasó a Tesalónica, así llamada en recuerdo de la hermanastra de Alejandro. Todo el territorio estaba saturado de recuerdos de Alejandro; y Pablo pensaría, no en un país, ni en un continente, sino en un mundo para Cristo.
PABLO LLEGA A TESALÓNICA
Este sentido de los brazos extendidos del Cristianismo se le debe de haber acentuado a Pablo cuando llegó a Tesalónica. Era una gran ciudad. Su antiguo nombre había sido Thermai, que quiere decir Fuentescalientes, y que daba su nombre al Thermai'kós Kolpos, el golfo de Salónica, a cuya orilla estaba. Hacía seiscientos años, Heródoto ya la había descrito como una gran ciudad. Siempre había tenido un puerto famoso. Fue allí donde el persa Jerjes tuvo su base naval cuando invadió Europa; y hasta en tiempo del Imperio Romano era uno de los principales astilleros del mundo. En 315 a.C., Casandro había reedificado la ciudad, y la había llamado Tesalónica (Thessalonfci), el nombre de su esposa, que era hija de Filipo de Macedonia y hermanastra de Alejandro Magno. Era una ciudad libre; es decir, que nunca había sufrido la vergüenza de que hubiera tropas romanas acuarteladas en ella. Tenía su propia asamblea popular, y sus propios magistrados. Su población alcanzaba los 200,000, y hubo un tiempo en que se dudaba si debía ser Tesalónica o Constantinopla la capital del mundo. En nuestro tiempo, conocida entre nosotros como Salónica, tiene 70,000 habitantes.
Pero la importancia suprema de Tesalónica era que estaba a caballo a ambos lados de la Via Egnatia, que se extendía desde el Dyrrachium en el Adriático hasta Constantinopla en el Bósforo, y de ahí hacia Asia Menor y el Oriente. Su calle principal era parté de la carretera que unía a Roma con Oriente. Oriente y Occidente convergían en Tesalónica; se decía que «estaba en el regazo del Imperio Romano.» Estaba inundada por el comercio de Oriente y Occidente, hasta tal punto que se decía: «Mientras no cambie la geografía, Tesalónica seguirá siendo rica y próspera.»
Es imposible exagerar la importancia de la llegada del Cristianismo a Tesalónica. Si se asentaba en ella, era de esperar que se extendiera hacia el Este por la Via Egnatia hasta conquistar toda Asia, y hacia el Oeste hasta invadir a la misma Roma, y hasta el Finis Terrae. La llegada del Cristianismo a Tesalónica fue clave para que llegara a ser una religión universal.
LA ESTANCIA DE PABLO EN TESALÓNICA
Encontramos el relato de la estancia de Pablo en Tesalónica en Hechos 17:1‑10. Ahora bien, para Pablo, lo que sucedió en Tesalónica tuvo una importancia capital. Predicó en la sinagoga tres sábados consecutivos (Hechos 17:2), lo que quiere decir que no permanecería allí más de tres semanas. Tuvo un éxito tan señalado que los judíos se enfurecieron y le suscitaron tantos problemas que Pablo tuvo que salir furtivamente de la ciudad, con peligro de muerte, hacia Berea, donde le sucedió lo mismo (Hechos 17:10‑12), y Pablo tuvo que dejar tras sí a Timoteo y Silas y proseguir su huida hasta Atenas. Lo que más le inquietaba era: había estado en Tesalónica sólo tres semanas; ¿era posible hacer tal impacto en un lugar solamente en tres semanas como para que el Cristianismo arraigara tan profundamente que ya no fuera nunca desarraigado? Si era así, entonces no era un sueño irrealizable el que todo el Imperio Romano fuera ganado para Cristo. ¿O era necesario trabajar meses, o años, antes de hacer una impresión perdurable? En tal caso, no se podía ni prever vagamente cuándo llegaría a penetrar el Cristianismo en todo el mundo. Tesalónica era un caso piloto; y Pablo estaba desgarrado de ansiedad por saber cómo se desarrollarían las cosas.
NUEVAS DE TESALÓNICA
Tan ansioso estaba Pablo que, cuando se reunió con él Timoteo en Atenas, le envió de vuelta a Tesalónica para que le trajera la información sin la que no podía descansar (1 Tesalonicenses 3:1,2,5; 2:17). ¿Qué noticias le trajo Timoteo? ¡Buenas noticias! El afecto que le tenían a Pablo los tesalonicenses era tan fuerte como siempre; y permanecían firmes en la fe (1 Tesalonicenses 2:14; 3:4‑6; 4:9s). Los tesalonicenses eran «su gloria y su gozo» (1 Tesalonicenses 2:20). Pero también había noticias preocupantes.
(i) La predicación de la Segunda Venida había producido unas consecuencias imprevistas, porque algunos habían dejado de trabajar y olvidado sus intereses corrientes para esperar la Segunda Venida con una expectación histérica. Así es que Pablo les dice que estén tranquilos y que prosigan con sus obligaciones normales (1 Tesalonicenses 4:11).
(ii) Estaban preocupados por lo que les sucedería a los que murieran antes de la Segunda Venida. Pablo les explica que los que duerman en Jesús no se perderán nada de la gloria que vendrá (1 Tesalonicenses 4:13‑18).
(iii) Había una tendencia a despreciar toda autoridad legal; la propensión de los griegos a discutirlo todo siempre conllevaba el peligro de producir una democracia desmadrada (1 Tesalonicenses 5:12‑14).
(iv) Había el peligro crónico de volver a la inmoralidad. Era difícil desaprender la actitud de generaciones y evitar el contagio del mundo pagano (1 Tesalonicenses 4:3‑8).
(v) Había por lo menos una sección que calumniaba a Pablo. Sugerían que predicaba el Evangelio por lo que pudiera sacar (1 Tesalonicenses 2:5,9); y que tenía cosas de dictador (1 Tesalonicenses 2:6s,11).
(vi) Había una cierta medida de división en la iglesia (1Tesalonicenses 4:9; 5:13).
Estos eran los problemas que tenía que tratar Pablo; y muestran que la naturaleza humana no ha cambiado tanto.
¿POR QUÉ DOS CARTAS?
Son muy parecidas, y deben de haberse escrito en un plazo de pocas semanas, tal vez de días. La segunda carta fue escrita principalmente para aclarar un malentendido acerca de la Segunda Venida. La primera insistía en que el Día del Señor vendría como ladrón en la noche, y exhortaba a estar alerta (1 Tesalonicenses 5:2,6). Pero esto produjo una situación malsana en la que algunos no hacían más que esperar y otear el horizonte; y por eso Pablo explica en la segunda carta qué señales han de producirse antes que llegue la Segunda Venida (2 Tesalonicenses 2:3‑12). Los tesalonicenses habían colocado las ideas acerca de la Segunda Venida fuera de toda proporción. Como les sucede a menudo a los predicadores, a Pablo le habían malentendido la predicación, y algunas frases se habían sacado del contexto y subrayado excesivamente; y en su segunda carta trata de poner las cosas otra vez en su debido nivel y corregir las ideas de los inquietos tesalonicenses en relación con la Segunda Venida. Por supuesto que Pablo aprovecha la ocasión en la segunda carta para repetir y hacer hincapié en mucho de lo que había aconsejado y advertido en la primera; pero su interés principal es decirles algunas cosas que calmen su histeria y les hagan esperar, no en nerviosa inactividad, sino en paciente y diligente atención a las responsabilidades normales y cotidianas. En estas dos cartas vemos a Pablo resolviendo los problemas de cada día que surgían en la Iglesia en expansión.