Bautismo

Análisis Interactivo: Bautismo y Salvación

Bautismo y Salvación

Un Análisis Exegético de su Relación Indispensable

Introducción: La Cuestión Fundamental

El presente estudio aborda una de las cuestiones soteriológicas más cruciales del Nuevo Testamento: la relación entre el bautismo y la salvación. Lejos de ser un rito opcional o meramente simbólico, un análisis riguroso de los textos bíblicos revela el bautismo como una condición divinamente establecida e indispensable en el proceso de la salvación. Esta aplicación interactiva explora los pilares exegéticos que fundamentan esta doctrina, invitando al estudiante de las Escrituras a examinar la evidencia tal como fue presentada por Cristo y sus apóstoles.

La Gran Comisión: Una Secuencia Inalterable

El punto de partida ineludible es el mandato de Jesucristo mismo, registrado en el Evangelio de Marcos. Aquí, el Señor no presenta dos ideas separadas, sino una proposición condicional unificada. La estructura gramatical es precisa y su orden, teológicamente significativo. No se contempla la salvación para el creyente que omite el bautismo.

"El que crea y sea bautizado, será salvo; pero el que no crea, será condenado."
- Marcos 16:16

Análisis de la secuencia salvífica:

1. Creer (πιστεύσας - pisteusas)
+
2. Ser Bautizado (βαπτισθεὶς - baptistheis)
=
3. Ser Salvo (σωθήσεται - sōthēsetai)

Nótese que la condenación se vincula únicamente a la incredulidad porque esta es la raíz que impide dar el siguiente paso ordenado por Cristo: el bautismo. El que no cree, naturalmente, no se bautizará. Sin embargo, para el que cree, el bautismo es el paso consecuente y necesario para completar la condición de la salvación.

La Tipología del Diluvio: Salvación a Través del Agua

El apóstol Pedro ofrece una de las analogías más poderosas, conectando el bautismo con el evento del diluvio. El arca de Noé, un instrumento de salvación, fue levantada y llevada a la seguridad precisamente por el agua que juzgó al mundo. Pedro declara que este evento es un "tipo" o prefiguración del bautismo, el cual ahora nos salva.

"El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) mediante la resurrección de Jesucristo."
- 1 Pedro 3:21

TIPO: El Diluvio

  • Un mundo corrompido destinado al juicio.
  • El agua actúa como agente de juicio y destrucción.
  • Ocho personas se salvan a través del agua (δι᾽ ὕδατος) al estar dentro del arca.
  • El arca es el único medio de salvación provisto por Dios.

ANTITIPO: El Bautismo

  • Una humanidad pecadora bajo condenación.
  • El agua del bautismo simboliza la sepultura del viejo hombre.
  • El creyente es salvado a través del bautismo, que es la respuesta de fe.
  • La obediencia a Cristo en el bautismo es el medio de salvación que nos une a Su muerte y resurrección.

Pedro aclara que su poder no es meramente físico ("no quitando las inmundicias de la carne"), sino espiritual: es la respuesta de una conciencia que apela a Dios por limpieza, una limpieza que se hace efectiva en el acto del bautismo por la autoridad de la resurrección de Cristo.

El Instrumento para el Perdón de los Pecados

El Nuevo Testamento vincula consistentemente el bautismo con el perdón de los pecados, que es un componente esencial de la salvación. Sin remisión de pecados, no hay reconciliación con Dios. Los siguientes pasajes establecen esta conexión de forma explícita e inequívoca.

Hechos 2:38 - El Sermón de Pentecostés

+
"Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados..."

La preposición griega "eis" (para) indica propósito y dirección. El bautismo no es una celebración de un perdón ya recibido, sino el medio divinamente señalado para recibir dicho perdón, posterior al arrepentimiento.

Hechos 22:16 - La Conversión de Saulo

+
"Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre."

A pesar de su encuentro con Cristo en el camino a Damasco y de haber sido un creyente arrepentido por tres días, los pecados de Saulo (Pablo) aún no habían sido lavados. Ananías le ordena ser bautizado para que este lavamiento ocurra.

Marcos 1:4 - El Bautismo de Juan

+
"Bautizaba Juan en el desierto, y predicaba el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados."

Incluso el bautismo precursor de Juan, que preparaba el camino para Cristo, estaba intrínsecamente ligado al concepto de "perdón de pecados". El bautismo cristiano, superior al de Juan, lleva esta realidad a su pleno cumplimiento en el nombre de Jesús.

La Exhortación Apostólica: "Sed Salvos"

El clímax del primer sermón del evangelio en Hechos 2 no es solo una explicación teológica, sino una exhortación urgente a la acción. La respuesta a la pregunta "¿qué haremos?" fue "Arrepentíos y bautícese". La narrativa confirma que la salvación estaba ligada a esta obediencia.

"Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación. Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas."
- Hechos 2:40-41

Análisis de la Conexión Causal:

  1. La Exhortación: "Sed salvos". Este es el objetivo final presentado a la multitud.
  2. La Condición: Pedro ya había establecido el arrepentimiento y el bautismo como la respuesta requerida (v. 38).
  3. La Reacción: "Los que recibieron su palabra..." (es decir, aceptaron la exhortación y sus condiciones).
  4. La Acción Consecuente: "...fueron bautizados".

La secuencia es clara: la salvación fue ofrecida, y aquellos que la aceptaron lo demostraron y la hicieron efectiva a través del bautismo. La adición de las 3,000 almas a la iglesia se registra después de su bautismo, no antes.

Conclusión Exegética

Los testimonios bíblicos, desde el mandato directo de Cristo hasta la exégesis tipológica y la práctica apostólica, convergen en una conclusión ineludible: el bautismo no es un apéndice opcional a la fe, sino una parte integral y necesaria del plan de salvación ordenado por Dios. Es el momento en que la fe obediente de un pecador arrepentido se encuentra con la gracia de Dios para el perdón de los pecados, resultando en la salvación a través del poder de la resurrección de Jesucristo. Por lo tanto, para quien desea obtener la salvación, la pregunta de Ananías resuena a través de los siglos: "¿Por qué te detienes?".

jueves, 30 de noviembre de 2023

Sobre la influencia de la cultura en la interpretación

Cuando Pablo escribe sobre el papel de la mujer en el ministerio en 1 Timoteo, argumenta que a una mujer no le está permitido "enseñar o asumir autoridad sobre un hombre" porque "Adán fue formado primero, y después Eva" (1 Tm 2:12-13). El argumento puede parecernos extraño, ya que el argumento de Pablo gira en torno a las implicaciones de ser el primero. Pero, ¿qué importancia tiene el orden de nacimiento en una cuestión como la de quién puede servir en el ministerio? Para responder a esa pregunta, instintivamente aportamos un poco de información que no se dice en nuestro contexto; leemos en el argumento de Pablo lo que para nosotros significa ser el primero. Para nosotros, primero es mejor. Expresamos este valor cultural de muchas maneras: "Nadie se acuerda de quien acaba segundo", o "El segundo es el primer perdedor" o "Si no eres el perro líder, la vista nunca cambia". Tenemos un fuerte valor cultural según el cual el primero es preferido, más merecedor y mejor cualificado. Lo que no se dice para nosotros -y por tanto lo que leemos que dice Pablo- es: "Adán fue primero, y por tanto mejor, que Eva". Es decir, en virtud de haber sido "formados primero", los hombres deben ser pastores porque son más merecedores del cargo o están mejor cualificados que las mujeres.

En la época de Pablo, sin embargo, no se decía algo muy distinto. La ley de la primogenitura establecía que el primogénito recibía una herencia mayor, y con ella una mayor responsabilidad, que todos los demás hijos, no porque fuera preferido o más merecedor o estuviera mejor cualificado de algún modo, sino por el mero hecho de ser el primogénito. Esaú era el primogénito (hasta que vendió su primogenitura), pero la Biblia indica claramente que Jacob era el hermano más merecedor (sólo un hijo pésimo vende su primogenitura por una taza de sopa). Y el primogénito no siempre es el favorito: "Israel amaba a José más que a ninguno de sus otros hijos" a pesar de que era el décimo de doce hermanos (Gn 37:3). En otras palabras, los lectores originales de Pablo pueden haberle entendido diciendo que los hombres deben ser pastores no porque estén innatamente mejor cualificados o lo merezcan más, sino simplemente porque son los "primogénitos". En este caso, necesitamos saber lo que damos por sentado -así como lo que la audiencia de Pablo daba por sentado- para evitar que leamos en este pasaje que "los varones son más merecedores que las mujeres".

En otras situaciones, lo que no se dice para nosotros puede llevarnos a pasar por alto detalles importantes de un pasaje bíblico, incluso cuando el autor trata de hacerlos evidentes. Mark Allan Powell ofrece un excelente ejemplo de este fenómeno en "La hambruna olvidada", una exploración del tema de la responsabilidad personal en lo que llamamos la parábola del hijo pródigo. Powell hizo que doce estudiantes de un seminario leyeran atentamente la historia del Evangelio de Lucas, cerraran sus Biblias y volvieran a contar la historia lo más fielmente posible a un compañero. Ninguno de los doce seminaristas estadounidenses mencionó la hambruna de Lucas 15:14, que precipita el regreso del hijo. A Powell le pareció interesante esta omisión, así que organizó un experimento más amplio en el que pidió a cien personas que leyeran la historia y la relataran, con la mayor fidelidad posible, a un compañero. Sólo seis de los cien participantes mencionaron la hambruna. El grupo era étnica, racial, socioeconómica y religiosamente diverso. Los "olvidadizos de la hambruna", como los llama Powell, sólo tenían una cosa en común: eran de Estados Unidos.

Más tarde, Powell tuvo la oportunidad de volver a probar el experimento, esta vez fuera de Estados Unidos. En San Petersburgo, Rusia, reunió a cincuenta participantes para leer y volver a contar la historia del hijo pródigo. En esta ocasión, cuarenta y dos de los cincuenta participantes mencionaron la hambruna. ¿Por qué? Justo setenta años antes, 670.000 personas habían muerto de hambre tras el asedio de la capital por los alemanes nazis, que provocó una hambruna de tres años. La hambruna estaba muy presente en la historia y la imaginación de los participantes rusos en el ejercicio de Powell. Basándose únicamente en su ubicación cultural, los estadounidenses y los rusos discreparon sobre lo que consideraban los detalles cruciales de la historia.

Los estadounidenses tienden a tratar la mención del hambre como un recurso argumental innecesario. Claro, pensamos: la hambruna empeora las cosas para el joven hijo. Ya está sin un céntimo, y ahora no hay comida que comprar aunque tuviera dinero. Pero ya ha cometido su pecado, así que no hace falta que digamos que el problema principal de la historia es su despilfarro, no el hambre. Esto se desprende del título tradicional de la historia: la parábola del hijo pródigo ("despilfarrador"). Aplicamos la historia, pues, como una lección sobre la rebelión voluntaria y el arrepentimiento. El niño es culpable, moralmente, de faltar al respeto a su padre y despilfarrar su herencia. Ahora debe pedir perdón

Los cristianos de otras partes del mundo entienden la historia de forma diferente. En culturas más familiarizadas con la hambruna, como Rusia, los lectores consideran que el gasto del niño es menos importante que la hambruna. La aplicación de la historia tiene menos que ver con la rebelión voluntaria y más con la fidelidad de Dios para liberar a su pueblo de situaciones desesperadas. El problema del niño no es que sea derrochador, sino que está perdido.

Nuestro objetivo en este libro no es, ante todo, discutir qué interpretación de una historia bíblica como ésta es la correcta. Nuestro objetivo es plantear esta pregunta: si nuestro contexto cultural y nuestras suposiciones pueden hacer que pasemos por alto una hambruna, ¿qué otras cosas pasamos por alto?

E. Randolph Richards and Brandon J. O'Brien, Misreading Scripture with Western Eyes: Removing Cultural Blinders to Better Understand the Bible (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 2012), 13–15.

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ADONAY ROJAS ORTIZ
Pastor
http://adonayrojasortiz.blogspot.com


viernes, 10 de noviembre de 2023

DIOS CIENCIA Y CONCIENCIA



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Introducción

El famoso zoólogo y etólogo británico, Richard Dawkins, conocido en todo el mundo por su furibundo ateismo- dice en el libro, el espejismo de Dios, que la creencia en Dios se puede calificar de delirio o locura. Insiste en que tal como ya había señalado a mediados del s XX el escritor estadounidense, Robert M. Pirsig, cuando una persona sufre delirios, se dice que está loca o es demente, pero cuando los padecen muchas personas a la vez, se le denomina "religión".

Sin embargo, el apóstol Pablo escribe a la iglesia de Corinto: Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son una locura; y tampoco las puede entender, porque tienen que discernirse espiritualmente (1 Co. 2:14). ¿Quién tiene razón, Dawkins o Pablo? ¿Podemos confiar en el testimonio de la Biblia cuando nos habla de Dios o quizás corremos el peligro de volvernos locos?

¿Cómo es posible saber que la Escritura es verdaderamente la Palabra de Dios y no una colección de mitos y fábulas inventadas por los hombres, como creen algunos?

Es evidente que la existencia de Dios no puede ser demostrada racionalmente. Si así fuera no habría ateos. Si se pudiera demostrar a Dios matemáticamente, o mediante razonamientos filosóficos, todo el mundo sería creyente. Pero sabemos que no es así. Entonces, ¿por qué hablar de pruebas o argumentos sobre la existencia de Dios?

¿Qué decir de todos los razonamientos generados a lo largo de la historia para demostrarla? Como las cinco vías de Tomás de Aquino, el argumento teleológico, el ontológico, el cosmológico, el primer motor móvil, etc.

Tales argumentos son útiles para reafirmar la fe del creyente, para expresar ciertas intuiciones fundamentales, pero no pueden ser considerados como "pruebas irrefutables" de la realidad de Dios. La ciencia humana no puede demostrar o negar a Dios. Con la divinidad no es posible formular hipótesis, hacer cálculos de probabilidades o elaborar teoremas. La existencia de Dios es presupuesta, más bien, por todos los fenómenos que se dan en el universo.

Los cristianos creemos que si no existiera Dios, no habría nada de nada. Ni leyes físicas que regulan el funcionamiento del cosmos, ni fenómenos naturales que permiten la vida, ni científicos que investigan, ni filósofos que piensan, ni posibilidad de razonar y conocer.

Ahora bien, si la ciencia no puede decir nada sobre Dios, ¿por qué existe esa intuición universal en el ser humano que le lleva a pensar que debe haber una mente inteligente que lo ha planificado todo?

El método científico no puede experimentar con Dios, pero esto no significa que la ciencia no pueda proporcionar evidencias, que pueden ser interpretadas, a favor de la posibilidad de la existencia de Dios. El razonamiento filosófico -aparte de la ciencia- sí puede trabajar con la idea de un creador trascendente y mostrar realidades del universo que solo pueden ser explicadas si existe una mente inteligente que las ha diseñado.

Ahora bien, ¿es posible convencer a quien no quiere creer? ¿Qué autoridad tiene la Biblia para un escéptico? Pienso que no es conveniente emplear la Escritura para discutir con los no creyentes puesto que estos, al no aceptar su inspiración divina, no consideran que tenga ninguna autoridad. Decir, por ejemplo, que el Antiguo Testamento profetiza correctamente sobre la vida de Jesucristo, no le sirve de mucho a una persona que considera los libros del Antiguo Testamento como una colección de leyendas inventadas por los judíos La Biblia es útil cuando ya se acepta que es Palabra de Dios.

Pues bien, teniendo esto en cuenta, ¿cómo podemos argumentar a favor de Dios desde la razón humana, que es lo único que muchos o reconocen hoy? El apóstol Pablo dice en Romanos 1:20: Porque las cosas invisibles de él, (Dios) su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las o A cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Veamos algunas de estas "cosas hechas", a que se refería el apóstol Pablo, que nos permiten visualizar las huellas del Dios creador.

Hay, por lo menos, cinco "cosas hechas o características humanas y naturales que solo pueden ser explicadas si Dios existe. Se trata deda racionalidad del mundo la vida, la conciencia humana, el pensamiento simbólico y nuestro propio "yo". A todas ellas se les ha intentado dar una explicación desde la púra materialidad, sin embargo, nunca se ha aportado una solución satisfactoria y concluyente. En último termino, se acaba apelando siempre a aquello que se pretende rechazar del teísmo. Es decir, a la fe.

A veces se asume, por ejemplo, la eternidad de la materia, de la energía o de las leyes que rigen el universo, el azar como causa creadora de toda la realidad, misteriosas leyes de auto-organización desde la materia inorgánica a la vida, una inexplicable panspermia extraterrestre, la enigmática complejidad de las neuronas cerebrales, etc. Pero para aceptar cada una de tales sugerencias naturalistas hacen falta también grandes dosis de fe.

Empecemos por analizar brevemente la primera cosa hecha, según el sentido que le da el apóstol Pablo. ¿Qué es la racionalidad?

Pues, aquello que es razonable. El universo está dotado de razón. El mundo está hecho con racionalidad, por eso podemos estudiarlo, analizarlo y comprenderlo. Ahora bien, solo puede haber racionalidad en el cosmos si ésta se basa en una racionalidad última. Es decir, en una mente inteligente que lo ha hecho con sabiduría.

¿Cómo se hace evidente en el mundo esta mente inteligente que llamamos Dios? Mediante cosas tan extraordinarias como nuestra capacidad de conocer y poder explicar las verdades. Mediante la relación que hay entre el funcionamiento de la naturaleza y nuestra manera abstracta de explicarnos tal actividad (incluso, a veces, por medio del lenguaje matemático). Las leyes naturales pueden ser expresadas en números.

El papel de los códigos, de los sistemas de símbolos que actúan en el mundo físico, como el código genético, capaz de convertir la información de los tripletes del ADN en aminoácidos para elaborar proteínas; el código neuronal, que transforma los estímulos lumínicos, acústicos, olorosos o táctiles en pulsos eléctricos o potenciales de acción que viajan por las fibras nerviosas hasta ser interpretados en el cerebro; el código de las histonas, que activan o desactivan genes, etc Todo esto no refleja caos sino orden. Pero, ¿por qué debería ser así? Se trata de la manifestación de la racionalidad que lo empapa todo y está en el origen de todo.

¿Es lógico creer que esta racionalidad sea el producto de la casualidad o el azar? Desde luego que no. La existencia de tal racionalidad no puede ser explicada si no existe una mente infinita racional que sea el origen de la realidad. El universo es racional y refleja el orden Se la mente suprema que lo gobierna. La evidencia de la racional. dad no se puede eludir apelando a la selección natural, como hacen los nuevos ateos. Porque, aún admitiendo que la selección natura fuera la causa de todos los seres vivos como propone la teoría de la evolución, este mecanismo físico presupone la existencia de organismos que interactúan según leyes determinadas y con arreglo a un código genético que posee mucha información. Hablar de selección natural es asumir que existe alguna lógica en lo que ocurre en la naturaleza, que hay racionalidad en la adaptación de las especies, y que nosotros somos capaces de entender esa lógica y esa racionalidad.

Pero decir que la sola evolución ciega, por medio de la selección natural no inteligente, convirtió la materia muerta o inerte en seres humanos es como afirmar que una roca después de miles de millones de años será capaz de adquirir conciencia y reflexionar acerca de ella misma. ¡Esto es algo absolutamente inconcebible! Sin embargo, la posición atea es que en algún momento de la historia del universo, lo imposible ocurrió por casualidad y sin la intervención de ninguna inteligencia superior. Semejante convicción supone un grandísimo acto de fe en las posibilidades de la naturaleza impersonal. Ahora bien, si en definitiva se trata de tener fe, ¿no resulta más coherente creer que Dios es la racionalidad última que subyace en cada dimensión del mundo y de los seres vivos?

La vida es la segunda "cosa hecha" que solo puede ser explicada si existe un ser trascendente. Los organismos vivos de la Tierra y el propio ser humano se caracterizan sobre todo por cuatro cosas:1) son agentes que actúan y que sus acciones dependen de ellos mismos.

Ningún león, por ejemplo, necesita el permiso de nadie para cazar a una determinada cebra; 2) las acciones de los seres vivos suelen estar orientadas hacia fines concretos, como alimentarse, sobrevivir, aparearse, etc; 3) pueden reproducirse y dejar descendientes semejantes a ellos mismos. El misterio de la reproducción es una realidad habitual en ellos y 4) su existencia depende de ciertos códigos reglas, leyes, energía, materia, lenguajes, Información, control, etc. De manera que poseen en las células de su cuerpo la información inteligente que les permite vivir como lo hacen.

Richard Dawkins, es el único representante del Nuevo ateísmo que aborda el asunto del origen de la vida, y reconoce que este tema está todavía por resolver Sin embargo, cree que la vida surgió por azar en el universo, en un planeta de cada mil millones, de los que la Tierra solo sería uno más. Desde luego, este enfoque de Dawkins es manifiestamente inadecuado porque se parece más a un ejercicio de superstición que a un razonamiento científico. Según su pretensión, cualquier cosa que deseemos puede existir en algún sitio, con tal que invoquemos lo que él denomina "la magia de los números". Si se dispone de tiempo, lo imposible puede suceder. Obviamente este argumento no es científico y no nos puede convencer porque si una cosa es imposible (como la aparición de la vida por azar), seguirá siendo imposible por muchos miles de años o de planetas que se le añadan.

El tercer fenómeno que no puede ser explicado sin Dios es la conciencia. Los seres humanos somos conscientes y, además, somos conscientes de que somos conscientes. Nadie puede negar esta realidad, aunque algunos lo intenten. El filósofo ateo Daniel Dennett dice que ser conscientes es una cuestión que carece de interés y que no debería preocuparnos ya que no se puede resolver. Según su opinión, las máquinas llegarán también algún día a ser conscientes porque nosotros mismos solo seríamos máquinas conscientes con neuronas.

El problema es que cuando observamos la naturaleza de las neuronas, vemos que no tienen ningún parecido con nuestra vida consciente. Las propiedades físicas de estas células nerviosas no ofrecen ninguna razón para creer que sean capaces de producir conciencia. Es verdad que la conciencia está asociada a ciertas regiones del cerebro, pero cuando las mismas neuronas están presentes en la médula espinal (o en el tronco encefálico), no hay ninguna producción de conciencia. Solo una fe ciega e infundada en la materia permite creer que ciertos trozos de ella pueden "crear" una nueva realidad, la conciencia, que no tiene el menor parecido con la materia.

Los ordenadores, o las computadoras, pueden resolver problemas pero no saben lo que están haciendo. No son "conscientes" de lo que resuelven. Esta es la diferencia fundamental entre las máquinas y las personas. Decir que una computadora entiende aquello que esta haciendo es como decir que un equipo de audio (un reproductor de CD's o un MP3) comprende y disfruta la música que hace sonar.

Sin embargo, los seres humanos somos conscientes de lo que hacemos y de por qué lo hacemos. La mayor parte de los teóricos del Nuevo ateísmo reconoce que no poseen una explicación satisfactoria para el problema de la conciencia.

El cuarto fenómeno inexplicable sin un creador es el pensamiento simbólico. Más allá de la conciencia se encuentra el fenómeno del pensamiento, de la comprensión, de la captación de significado. Detrás de nuestros pensamientos de nuestra capacidad de comunicarnos o de nuestro uso del lenguaje hay un poder milagroso. Ese poder de darnos cuenta de las diferencias y de las semejanzas el poder de generalizar y universalizar. Es decir, eso que los filósofos llaman elaborar conceptos universales.

por ejemplo, yo sé en qué consiste ese sentimiento concreto que siento hacia mi esposa o hacia mis hijas y nietos, (amor conyugal o paternal), pero también puedo pensar en el concepto de amor en abstracto, sin relacionarlo con ninguna persona concreta. Y esto es algo connatural a los seres humanos, pero también es desconcertante.

¿Cómo es que desde niños somos capaces de pensar en el color rojo, por ejemplo, sin necesidad de pensar en una cosa roja concreta?

El color rojo no existe por sí mismo, independientemente de los objetos rojos. Estamos empleando continuamente el pensamiento abstracto sin darnos cuenta. Pensamos cosas que no son físicas, como la idea de libertad, de verdad, de perdón o de misericordia de Dios y no le damos importancia. Pero esta capacidad humana de pensar por medio de conceptos abstractos, es algo que trasciende la materia, que supera con creces sus posibilidades.

Podría decirse que nuestras neuronas, o nuestro propio cerebro, no entienden nada y que somos nosotros en realidad quienes entendemos. Es nuestra "conciencia" quien comprende, no nuestras neuronas. ¿Por qué las neuronas de la médula espinal no ge-meran conciencia? El acto de comprender es un proceso físico en su ejecución (porque depende de las neuronas del cerebro), pero espiritual en su esencia. Y este acto es indivisible en la persona humana. No se puede descomponer en partes para explicarlo o analizarlo científicamente.

Y por último, estaría el "yo" humano (o el centro de la conciencia). Una ver que se admite la existencia del "yo" personal nos encontramos ante el mayor de los misterios. Yo soy, yo pienso, yo percibo. yo deseo, yo actúo.., pero, ¿quien es este Yo? ¿Dónde está? ¿Como llegó a existir? Nuestro "yo" no es algo solamente físico. No somos solo un cuerpo, pero tampoco somos algo solo espiritual. ¿Qué somos entonces? Un "yo" encarnado, un cuerpo con alma.

Yo no estoy en una célula específica de mi cerebro, de mi corazón o en alguna otra parte de mi cuerpo. Ninguna de mis neuronas tiene la propiedad de ser mi "yo". Mis células están cambiando continuamente y, a pesar de ello, "yo" sigo siendo el mismo. El científico sueco, Jonas Frisen, cree que la edad media de todas las células de un cuerpo adulto puede ser de entre 7 y 10 años. Por ejemplo, los glóbulos rojos de la sangre solo viven unos 120 días, las células que recubren el estómago y las de la epidermis un par de semanas. Cada tejido tiene su propio tiempo de renovación. Solo las neuronas de la corteza cerebral, y pocas más, parece que duran hasta la muerte.

Pero la conciencia no se explica por medio de las neuronas.

Pues bien, aunque nuestro cuerpo cambia cada diez años, nuestro "yo" permanece. Ser persona humana es tener cuerpo y alma.

El yo tiene dimensión corporal, anímica y espiritual. Es una unidad psicosomática. La existencia del yo personal del hombre es la realidad más evidente, pero también más inexplicable para la ciencia.

No podemos analizar el yo porque no es un estado mental que pueda ser observado o descrito científicamente. El "yo humano" no puede ser explicado en términos físicos o químicos. Se podría decir que la ciencia no descubre el yo, sino que es al revés, es el yo quien descubre la ciencia.

¿Cómo llegaron, pues, a existir la racionalidad, la vida, la conciencia, el pensamiento y el yo? La única forma coherente de describir todos estos fenómenos es reconocer que están por encima de las realidades físicas, a las que la ciencia humana tiene acceso. Aunque el Nuevo ateísmo no se ha enfrentado seriamente al problema del origen de la vida, la conciencia, el pensamiento y el yo, la respuesta es evidente. Lo metafísico (o espiritual) solo puede proceder de una fuente metafísica o espiritual. La vida, la conciencia, la mente y el yo solo pueden tener su origen en lo divino, en lo consciente y pensante.

Es inconcebible que la materia, por sí sola, sea capaz de generar Seres que piensan y actúan. Por tanto, desde el nivel de la razón y de nuestra experiencia cotidiana, podemos llegar a la conclusión de que el mundo de los seres vivos, conscientes y pensantes debe tener su origen en una fuente viviente que nosotros consideramos la mente de Dios. Pensamos que no es erradicando la religión como vamos a terminar con el terrorismo fundamentalista, sino como propuso la canciller de Alemania, Ángela Merkel, "Volviendo a la Iglesia y a la lectura de la Biblia" (16.11.2015). Conviene recordar que su padre, fallecido en el año 2011, fue pastor protestante de la iglesia luterana y le inculcó estos valores desde la infancia.

Como dijera el apóstol Pablo en su discurso en el Areópago de Atenas (Hch. 17:24-28): El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay... de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres... para que busquen a Dios, si en alguna manera palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos. Todos los seres humanos tenemos a nuestra disposición, en nuestra experiencia cotidiana, la evidencia necesaria para llegar a creer en Dios. El escepticismo, el deseo de negar su realidad, se debe solo a una resistencia personal y deliberada a la fe.

Sin embargo, a Dios se llega por medio de la creencia según afirma Hebreos 11:6: Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan. La Biblia no está interesada en demostrar la existencia de Dios mediante pruebas metódicas o científicas. La existencia del Altísimo se da como evidente, como una creencia natural del ser humano. Porque la fe, aunque pueda apoyarse en los datos de la razón, no surge necesariamente de un proceso demostrativo.

Algunos creyentes piensan que la fe, esa capacidad para creer aquello que está más allá de la razón humana, es un don de la gracia divina. En mi opinión, esto es una mala interpretación de las palabras del apóstol Pablo: Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe (Ef. 2:8-9). Aparentemente la fe sería un don de Dios que vendría a justificar al ser humano. Pero entonces, ¿no sería Dios injusto al conceder el don de la fe a unos y negárselo a otros?

El error de tal interpretación tiene que ver sobre todo con el sentido gramatical de la frase. En el griego antiguo cada sustantivo tenía su propio género y había tres géneros diferentes: masculino, femenino y neutro. ¿Cuál es el género de la palabra "fe" que emplea aquí Pablo? Evidentemente el género femenino ya que se habla de "la fe".

¿Cuál es el género de la palabra "esto" que aparece en el versículo 8? En griego es el genero neutro. Lo que significa que la palabra antecedente de "esto" no es "fe" porque si así fuera debería llevar el pronombre femenino para referirse a "la fe". De manera que el termino "esto" se está refiriendo en realidad a la "salvación" que es por gracia por medio de la fe. Es la salvación lo que es un regalo de Dios y no la fe.

La salvación del ser humano es algo que éste no puede generar por sí mismo ya que es un don divino. Se trata del plan de Dios para que la humanidad caída pueda salvarse por medio de la gracia divina. Pero dicho plan gratuito se aplica solamente a aquellos que tienen fe en Jesucristo. ¿Quiere esto decir que la fe es una obra meritoria para la salvación? Por supuesto que no. Ya se encarga Pablo de especificarlo: no por obras, para que nadie se gloríe. Lo que pasa es que para el apóstol, la fe no se puede considerar nunca como una obra meritoria humana. La "fe" sería lo opuesto a las "obras". La antítesis de las mismas. La fe en Cristo no es ningún mérito personal para alcanzar la salvación.

De manera que, al recibir a Jesucristo mediante la fe personal en su obra redentora, no estamos realizando nada meritorio para ganarnos la vida eterna. Simplemente estamos cediendo a su gracia divina y permitiendo que el plan de Dios actúe en nosotros para justificarnos y salvarnos. Dios habla y aparece. El ser humano escucha y contempla. Dios se acerca al hombre y a la mujer, acuerda un pacto o inicia relaciones especiales con ellos; les da mandamientos y las personas lo reciben cuando se abren a Dios, cuando aceptan su voluntad y obedecen sus preceptos.

La Biblia no presenta jamás a Moisés, ni a ninguno de los profetas o apóstoles en actitud pensante, como si fueran filósofos, elucubrando sobre cómo demostrar la existencia de Dios o llegando a conclusiones filosóficas con respecto a él. Es justamente al revés: el Dios invisible se manifiesta ante ellos, y ellos descubren su don. Pero solo cuando el ser humano deja de resistirse a Dios y le acepta por fe, el don de la salvación puede florecer en su alma.

Este libro está dividido en tres partes, o capítulos, que tratan sobre cuestiones actuales que interpelan la realidad divina. El primero se refiere a preguntas procedentes del ámbito de la cosmología contemporánea y analiza si los modelos científicos que se proponen socavan la necesidad del Dios creador o, por el contrario, la refuerzan.

El segundo, presenta el misterio del origen de la vida así como de la información biológica que la sustenta como inexplicables desde una cosmovisión puramente naturalista. Mientras que el tercero y último, se introduce en el análisis de la conciencia humana para concluir que solo puede proceder de una mente inteligente y consciente, como la del Dios que se revela en las Escrituras.


Antonio Cruz

Terrassa, junio, 2017


Introducción al libro "Dios, ciencia, y conciencia." CLIE 2018


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ADONAY ROJAS ORTIZ
Pastor
http://adonayrojasortiz.blogspot.com


miércoles, 1 de noviembre de 2023

Critica Humanista

EL PROBLEMA DE LA CRÍTICA HUMANISTA

Los evangelios han sido firmemente discutidos por el sector crítico, que cuestiona su historicidad en muchos aspectos con el fin de desprestigiar la inerrancia bíblica y negar la inspiración plenaria de la Escritura. Sin embargo, a pesar de sus denodados esfuerzos, han sido incapaces de demostrar científicamente tal cuestionamiento. A lo largo del tiempo, los documentos históricos extrabíblicos encontrados han servido de segura confirmación, haciendo incuestionables los relatos sobre la vida y obra de Jesucristo registrados en ellos. Es verdad que la tradición ha llenado de leyendas aspectos atribuidos a Jesús que no pueden ser vinculados como complemento a lo que se encuentra en ellos.

El tema que se considera corresponde más bien a la bibliología, donde se trata con mayor amplitud. Sin embargo, puesto que la cristología descansa esencialmente en el texto bíblico, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, será bueno recordar algunos aspectos elementales sobre la llamada Alta crítica. La certeza de la inerrancia bíblica es asunto de capital importancia en el estudio de los distintos aspectos de la teología sistemática. El examen de los libros de la Escritura, autoría, datación, aceptación canónica, etc. es, sin duda, una necesidad para el estudioso de la Palabra. Por otro lado, el hecho de que no existan originales de ninguno de los sesenta y seis libros de la Biblia exige la investigación pormenorizada de las muchas copias que han llegado a nosotros, con algunas divergencias entre ellas; a este cotejo y selección de las copias consideradas como más fieles se dedica la llamada crítica textual. El término Alta crítica apareció por primera vez en el año 1787 en un escrito de Johann Gottfried Eichhorn. Este sistema somete a prueba todos los escritos bíblicos, buscando debilitar o cuestionar lo tradicionalmente aceptado por la Iglesia a lo largo de los siglos sobre autoría, datación, composición, en pos de una supuesta desmitificación de la Escritura, tratándola del mismo modo que cualquier otra obra literaria. Con todo, la Alta crítica no aguanta un análisis metodológico desprejuiciado en relación con sus conclusiones, teniendo en cuenta que su metodología está condicionada por una actitud negativa hacia todo lo que no sea lógico, marginando de cualquier conclusión positiva todo lo sobrenatural.

Es, en cierta medida, una expresión de lo que se llama actualmente posverdad, en las conclusiones que se alcanzan como probabilidades y son elevadas al rango de certeza o seguridad. La Alta crítica es la expresión más firme de la negación, sin que las propuestas que genera estén sustentadas en otra cosa que apreciaciones, probabilidades y suposiciones del técnico.

En relación con el Nuevo Testamento, base fundamental de la cristología, los escritos han sido aceptados como inspirados. Es cierto que alguno de ellos fue cuestionado en cuanto a su autoría, como la epístola a los Hebreos, llegando a la conclusión de que probablemente no sea del apóstol Pablo. De igual manera, Dionisio cuestionó la autoría de Apocalipsis por parte del apóstol Juan, apuntando a aspectos lingüísticos. Es sorprendente que ninguna crítica cuestionó los aspectos que la Alta Crítica cuestiona en el período de la patrística, lo que se extendió también a la época escolástica.

La Alta Crítica trató de manera puntual con las formas relacionadas con el Antiguo Testamento, debatiendo especialmente la autoria del Pentateuco. No obstante, uso otra metodología para el Nuevo Testamento, especulaciones filosóficas, con el fin de cuestionar asuntos de la fe cristiana, algo especialmente usado por los protestantes liberales.

El racionalismo alemán del s. XVIII descartó todo lo sobrenatural de los escritos del Nuevo Testamento y, por tanto, de forma especial, los milagros de Cristo. Se llegó a extremos tales como promover dudas sobre la ética de Jesús, como ocurre con las tesis de Reimarus (1694-1768). La progresión de las propuestas de los críticos condujo a cuestionar el origen de los escritos del Nuevo Testamento, considerándolos como simples obras literarias de las que hay que retirar toda cuestión relacionada con Dios mismo. Esto trajo como consecuencia que la autoridad e inerrancia de los evangelios quedo gravemente afectada. La Alta Crítica afirma que los relatos de los milagros de Jesús son el producto de la fantasía de los apóstoles que crearon hechos sobrenaturales que pueden y deben ser entendidos como resultado de causas naturales. Tales posicionamientos, contrarios a la realidad de los escritos del Nuevo Testamento, especialmente de los evangelios, condujo a una distinción hartamente peligrosa que presenta al Jesús de la historia, el verdadero Jesús humano, y al Jesús de la fe, que es el resultado de la fantasía de los apóstoles. La vida de Jesús fue abiertamente cuestionada sobre la base de que el Nuevo Testamento es el resultado de posiciones antagónicas entre judaísmo y cristianismo.

Las teorías de la Alta crítica fueron cuestionadas tanto por protestantes ortodoxos como por católicos, ocasionando un serio golpe contra el sistema liberal, representado por Baur, al insistir en el valor histórico de los evangelios y en la aceptación de las obras sobrenaturales que se encuentran en ellos. Sin embargo, esta corriente conservadora propone la dependencia de Mateo y Lucas del primer evangelio escrito - según ellos, el de Marcos. En cuanto al evangelio según Juan, la crítica propone que el autor no fue el apóstol, sino el presbítero, que escribió a principios del s. Il.

Sin embargo, aun cuestionando la autoría, el problema principal recae sobre el valor histórico del evangelio, presentado como un compendio de teología, pero no como una auténtica historia. Es fácil encontrar en el argumento de la Alta Crítica la idea de que la 

teología contenida en este escrito es demasiado elaborada, lo que necesariamente exige un tiempo largo de reflexión que va más allá del tiempo de los sinópticos. A esta propuesta se puede argumentar que, con mucha seguridad, el evangelio según Juan debió haber sido el último de los escritos del apóstol y, probablemente, el último de los libros del Nuevo Testamento cronológicamente hablando. La crítica del texto bíblico es solo aceptable en cuanto a diferencias textuales y alternativas de lectura, lo que se conoce como Baja crítica, lejos de presupuestos racionalistas que desvían de la verdad revelada. Basten estas breves consideraciones a los efectos de entender la base bíblica de la cristología, especialmente en el apartado de cristología histórica.

[Samuel Pérez Millos, CRISTOLOGÍA, Barcelona, CLIE, 2023. 28-31]


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ADONAY ROJAS ORTIZ
Pastor
http://adonayrojasortiz.blogspot.com


jueves, 26 de octubre de 2023

EL BAUTISMO

EL BAUTISMO SEGÚN CRISTO

Cristo dijo:

Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado será salvo, más el que no creyere, será condenado.

Para ser salvo hay que creer y ser bautizado. Si uno se bautiza y no cree, ¿puede salvarse? La respuesta es obvia: ¡No! Si uno cree y no se bautiza, ¿puede salvarse? Nos resulta mucho más difícil responder "no" a esta segunda pregunta. Probablemente porque nosotros, los evangélicos, hemos entendido este texto al revés. Hemos leído: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere salvo, será bautizado." Si alguno cree —es decir, si se convierte de veras— nosotros lo estudiamos durante unos cuantos meses, observamos si se comporta bien, le damos algunas lecciones, y luego decimos: "Este es salvo. ¡Puede bautizarse!"

Eso demuestra que hemos quitado al bautismo de su lugar. Cristo dijo: "El que creyere y fuere bautizado será salvo." Si uno se bautiza sin acompañar este acto con el arrepentimiento y la conversión interior de su corazón, sin la fe en Cristo como su Señor, el bautismo no le sirve de nada. Va a salir apenas mojado por el agua. Pero si dice que cree, y luego no se bautiza, el Nuevo Testamento tampoco aprueba esa actitud.

Cristo dijo: Id, y haced discípulos… ¿Cómo?… bautizándolos… y enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado (Mateo 28:19, 20). ¿Cómo se hace un discípulo? ¡Bautizándolo! Pero nosotros decimos: "Vayan y hagan discípulos, enseñándoles que guarden todas las cosas y, una vez que guarden todas las cosas, ¡bautícenlos!" ¿Por qué esto? Porque no hemos entendido la esencia y el significado del bautismo. ¿Cuándo se convierte una persona? ¿Cuándo es realmente salva? La conversión comienza cuando el mensaje es escuchado con fe, y culmina cuando aquella persona sale de las aguas del bautismo reconociendo a Cristo como el Señor de su vida.

EL BAUTISMO APOSTÓLICO

El bautismo de los tres mil

No solamente Cristo señaló esta verdad, sino que ella fue la práctica de la iglesia primitiva. Consideremos el primer bautismo cristiano en Pentecostés. Pedro predica y presenta una persona a la multitud: Jesucristo. Concluye proclamando que Dios, habiendo resucitado a Jesús, lo ha hecho Señor y Cristo. Cuando escuchan esto, miles de personas compungidas de corazón dicen: ¿Qué haremos? ¿Qué les hubiéramos respondido nosotros? Probablemente: "Lo único que tienen que hacer es aceptar a Cristo como su Salvador personal y serán salvos. No hay ningún compromiso." Pero no Pedro. Él les manda: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de pecados. (¿Cómo? Nosotros hubiésemos dicho: "Arrepentíos, para perdón de pecados; y bautícese cada uno como testimonio de que ya han sido perdonados.") Y los 3.000 son bautizados aquel mismo día. La verdad señalada por la Biblia es que el bautismo va unido a la conversión, que es la concreción de la conversión; de una conversión no al estilo de aceptar a Cristo como Salvador, sino reconociéndole como Señor de la vida.

El bautismo de los samaritanos

Felipe fue a Samaria. Allí predicó el evangelio del reino de Dios. Dice Lucas en Hechos 8:12:

Cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres.

¿Cuándo se bautizaron? Cuando creyeron. Felipe no fue a predicar el evangelio de las ofertas; era el evangelio del reino. Por eso, cuando creyeron… se bautizaban hombres y mujeres. Si uno cree, ¿por qué no se va a bautizar? Si uno reconoce a Cristo como Señor, ¿qué es lo que impide el bautismo?

Felipe fue al desierto y le testificó al etíope. Empezó por Isaías. ¿Dónde terminó? Las Escrituras no nos dicen cuál fue el último punto del mensaje, pero por lo que sucedió luego, deducimos que fue el bautismo. De modo que el etíope se convirtió en candidato para el bautismo. Sin embargo, surgió un inconveniente de orden práctico: Estaban en el desierto y allí no había agua. Siguieron andando en el carro y de pronto el etíope exclamó: "Felipe, mira; aquí hay agua. ¿Qué impide que yo sea bautizado?"

Felipe no le dijo: "Primero debes hacer frutos dignos de arrepentimiento por seis meses y luego te bautizaremos" (Felipe no era evangélico). Sino más bien: "Si crees de todo corazón, bien puedes."

"¡Creo!" —dijo el etíope, y mandó parar el carro. Descendieron ambos al agua y Felipe lo bautizó (Hechos 8:36–38).

El bautismo de Saulo

El libro de Los Hechos de los Apóstoles relata nueve casos de bautismos. Todos, excepto uno, fueron realizados en el mismo momento en que operó la fe y el arrepentimiento; en el mismo día, al mismo instante. La única excepción fue el bautismo de Saulo. Él fue quien más tardó. ¡Pasaron tres días! ¡Pero tres días porque nadie vino antes! No hubo quien lo bautizara. Lucas narra este suceso en Hechos, capítulo 8.

Pablo mismo relata su conversión en el capítulo 22. Ananías vino y le dijo: Hermano Saulo, recibe la vista… El Dios de nuestros padres te ha escogido… Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre (Hechos 22:13–16). Si Pablo hubiese sido evangélico, le hubiera dicho: "Un momento! Mis pecados ya fueron lavados cuando acepté a Cristo." Pero no lo era; y Ananías pudo decirle, después de tres días de haberse rendido a Cristo: "Bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre." Esto es lo mismo que Pedro dijo a los tres mil: "Arrepentíos y bautícese cada uno para perdón de los pecados." ¿Será posible que la Biblia relacione tan íntimamente el perdón de los pecados con el bautismo?

Cornelio y los de su casa

Pedro va a la casa de Cornelio en Cesarea. Allí predica y, por lo visto, todos se rinden a Cristo. Sin embargo, ni piensa en bautizarlos. ¡Jamás bautizaría a un gentil! ¡Pero Dios se le anticipa! Bautiza con el Espíritu Santo a Cornelio y a todos los que están reunidos. Y si son bautizados con el Espíritu Santo, ¿puede acaso alguno impedir el agua para éstos? Y en el acto, en el mismo día, Cornelio y toda su casa son bautizados también en agua (Hechos 10:44–48).

Lidia y su familia

Pablo va a Filipos. Allí, a la orilla del río, se encuentra con unas mujeres que se reúnen para orar. Pablo empieza a orar con ellas. Luego, comienza a hablarles, y Dios abre el corazón de una mujer llamada Lidia. Ella, con toda su familia, cree, y enseguida todos son bautizados (Hechos 16:13–15).

El carcelero de Filipos

El caso más evidente ocurre en la cárcel de Filipos. Allí están presos Pablo y Silas. Reciben azotes. Tienen las espaldas ensangrentadas, los cuerpos heridos. Son echados en el calabozo "de más adentro," y sus pies apretados en el cepo. Entretanto, ¿qué hacen? ¡Cantan, alaban a Dios, glorifican su nombre! Y a medianoche, mientras cantan, un terremoto sacude todo. Los presos se sueltan. El carcelero saca la espada e intenta matarse. Pablo dice: "Un momento, no te hagas daño. Estamos todos aquí. Nadie escapó."

El carcelero queda impresionado. Ha escuchado a estos hombres cantar toda la noche, y ahora ve su actitud. Entonces, cayendo ante ellos, pregunta: "¿Qué debo hacer para ser salvo?"

¿Qué le responde Pablo?: "Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa." ¡Amén!

¡Ya está! Para ser salvo, hay que creer. Pero no concluye aquí el pasaje, y a través de lo que sucede nos muestra lo que significa realmente creer. Allí hay un hombre que abre su corazón, cree el mensaje, y a esa hora —a la medianoche— se bautiza. Un terremoto ha sacudido toda la cárcel, sembrando confusión y pánico. Sin embargo, la Biblia nos dice que el carcelero en aquella misma hora de la noche, les lava las heridas; y en seguida se bautiza él con todos los suyos.

"Pero, Pablo, ¿por qué te apresuras? ¿para qué bautizarlos a las doce de la noche? El hombre ha creído. ¿Por qué no esperar hasta la mañana cuando salga el sol? Ahora está todo revuelto, todo oscuro. El terremoto ha sacudido la cárcel y los presos están sueltos."

Pablo sabe muy bien que para entrar al reino de Dios, para ser salvo, hay que creer en el Señor Jesucristo y ser bautizado. Y este hombre, con toda su familia, cree y es bautizado en el mismo momento (Hechos 16:25–34).

Nosotros nunca actuaríamos así. Si alguien viniera dispuesto a entregarse al Señor y a ser un discípulo de Cristo, ¿le predicaríamos y llevaríamos las cosas adelante con la insistencia con que lo hizo Pablo?

EL BAUTISMO: ES EL MODO DE CONCRETAR LA CONVERSIÓN

Para salir del reino de las tinieblas hay que morir, y para entrar en el reino de Dios hay que nacer. Y la manera que Dios ha establecido para que esto pueda suceder es justamente a través del bautismo realizado con verdadero arrepentimiento y fe en Jesucristo. Todos los casos bíblicos señalan esta misma verdad.

Hemos quitado al bautismo su lugar, que debe realizarse junto con la conversión porque es la realización concreta, la materialización, de ella. No sólo esto. También le hemos restado al bautismo su valor, su importancia. Hemos enseñado y predicado: "El bautismo no borra los pecados; el bautismo no salva; el bautismo no es necesario para la conversión, para la salvación, para tener vida eterna." Y hemos traído como ejemplo al ladrón de la cruz. ¿Qué le dijo Cristo al ladrón en la cruz? "Hoy estarás conmigo en el paraíso." El ladrón no fue bautizado, ¡y sin embargo fue salvo! De este modo, hemos hecho de la excepción una doctrina. Hemos fundamentado nuestra enseñanza sobre algo completamente excepcional, diferente del resto de los casos. Si alguien está clavado en una cruz, a punto de morir, también podemos decir: "Cree, y aunque no te bautices, te vas a salvar." Pero en esas circunstancias, no en otras. Le hemos restado al bautismo tanto, que muchos concluyen: "Entonces, ¿para qué me voy a bautizar?"

Dentro del contexto evangélico tradicional, ¿cuál es la necesidad del bautismo? Hemos dicho que es un testimonio público de fe, un testimonio de que realmente uno pertenece a Cristo. Sin embargo, y aunque sorprenda a algunos, debemos decir que no hay en toda la Biblia un texto que diga que el bautismo sea un testimonio público de fe en Cristo. Por un lado, no es la presencia del público lo que da validez al bautismo. Según la Biblia enseña, éste no es un acto para testimonio, ni necesariamente tiene que ser público. ¿Qué público había cuando Felipe bautizó al etíope? ¿Qué público había cuando Ananías bautizó a Saulo? ¿Y cuando Pablo bautizó al carcelero y a su familia? El bautismo es independiente del público.

Hasta ahora hemos predicado que cuando uno acepta a Cristo debe luego ser bautizado delante de todos. "Todos tienen que presenciar ese acto," decimos. Por supuesto, el bautismo puede ser público. Como en el caso de los tres mil, como en el caso de los de Samaria, como en tantos otros casos. Pero la presencia del público no es un factor esencial.

¿Qué es el bautismo, según la enseñanza bíblica? Significa, de acuerdo con lo que Pablo dice en Romanos 6:4, que somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. La Biblia no enseña que el bautismo no salve, no perdone, o no limpie los pecados, como creíamos antes. La Biblia señala que éste es el acto de entrega total a Jesucristo por el cual, al descender a las aguas, soy sepultado con él para muerte, y levantado a una nueva vida por el poder de su resurrección. Todo esto a través de la fe. No me bautizo en agua meramente; me bautizo (sumerjo) en Cristo. Muero en su muerte y nazco por su resurrección.

Nosotros hemos dicho que el bautismo no salva. Pedro dice en su primera epístola (1ª Pedro 3:21): El bautismo que corresponde a esto —se refería al diluvio— ahora nos salva. Luego, entre paréntesis, añade: (No quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo. Sacando por un momento la frase que está entre paréntesis, queda así: El bautismo… nos salva… por la resurrección de Jesucristo. No es el agua lo que salva, ni el descender al bautisterio, sino la redención obrada por la resurrección de Jesucristo.

Pero para que la resurrección opere es necesario el bautismo; no porque limpie de las inmundicias de la carne (a éstas no las quita el bautismo, ni la oración, ni el arrepentimiento, sino la muerte y la resurrección de Cristo, la redención que él efectuó en la cruz), sino porque es la aspiración de una buena conciencia delante de Dios. Mi conciencia da testimonio: Cristo murió por mí y yo muero con él. Esta vieja vida queda sepultada, y me levanto con el poder de la resurrección de Cristo a una nueva vida.

Por supuesto, el bautismo no tiene ningún valor si se realiza simplemente como una ceremonia o por un mero formalismo. Tampoco vamos a establecer como dogma lo que la Biblia dice en cuanto al bautismo. Existe un peligro real de poner un énfasis exagerado en él. Las enseñanzas bíblicas no son un cuerpo de doctrinas estáticas, ni conforman una rígida teología. No llegaríamos lejos con eso. Las verdades de la Biblia son funcionales, dinámicas, vivientes.

Hasta ahora hemos llamado a los pecadores a entregarse a Cristo con el evangelio de las ofertas, a levantar la mano, a pasar al cuarto de atrás, a ponerse de pie. Ahora, al presentar el evangelio del reino, no caigamos en dogmatismos o en exageraciones innecesarias, pero hagamos que estas verdades sean funcionales, vivientes, como lo hacía la iglesia primitiva. Sin fórmulas rígidas, inmóviles, sino haciendo que opere la esencia de esta verdad. ¿Qué cosa hay más preciosa que guiar a un pecador a pasar de un reino a otro a través de un acto tan concreto, tan contundente y sencillo, establecido por el Señor, como el bautismo?

Un hermano me contó cómo se realizan los bautismos en la India. La iglesia se reúne en una de las orillas del río, y todos los que van a ser bautizados en la otra, mezclados con los observadores y los que vienen a presenciar el acto. El ministro que bautiza se coloca en el lecho del río. A su derecha tiene a la iglesia y a su izquierda a los inconversos. Cuando llama a los que han de ser bautizados, éstos salen de entre el público y descienden al río por la margen izquierda. Luego de ser bautizados pasan a la otra orilla para unirse a la iglesia del Señor. Este es un hermoso simbolismo de la realidad del bautismo: Hombres librados del reino de las tinieblas y trasladados al reino de su amado Hijo.

¿MEROS SÍMBOLOS?

Por mucho tiempo hemos hecho del bautismo y de la Cena del Señor sólo símbolos. Hemos dicho: "Esto es pan; comemos el pan en memoria del cuerpo de Cristo." Sin embargo, Cristo dijo: Esto es mi cuerpo. El pan no es Cristo, pero en ese momento, por la fe, no sólo comemos pan, sino de Cristo. No sólo bebemos vino, sino bebemos de Cristo, bebemos su sangre. También sucede esto con el bautismo, que ahora ha vuelto a recuperar su significado. Yo bauticé a muchos según el evangelio de las ofertas. Era sólo una ceremonia. Había bendición, por supuesto. También gozo, porque se añadían nuevos a la iglesia, pero no era un bautismo como el que realizaba la iglesia primitiva.

En cambio, ¡es tan distinto bautizar ahora! Ya no es cuestión de decir una fórmula. Pongo mis manos sobre el que se va a bautizar y pido la gracia y la unción del cielo: "Señor, ahora este hombre que está aquí y cree en ti va a ser bautizado para muerte. En este momento, la vieja vida que tiene va a morir." Y digo al que está por ser bautizado: "Ahora tú vas a ser sepultado junto con Cristo. Tu vieja vida va a morir junto con él. ¡Pero te vas a levantar por el poder de Dios, por la resurrección de Cristo! Te vas a levantar junto con Cristo, para que como Cristo resucitó de entre los muertos, tú también resucites." Y aquel que está siendo bautizado, abre su ser a la operación del Espíritu de Dios.

La fe tiene algo concreto, algo material de que asirse. Porque no sólo somos espíritu, sino también cuerpo. ¡Cómo ayuda a la fe tener algo concreto como esto! Ahora bautizar es enterrar viejas vidas, para que mueran por el poder de Cristo; asimismo es levantarlas, con la unción de Dios, a una nueva vida. Esto es nacer del agua y del Espíritu.

Alguien dirá: "¿Cómo? ¿El agua no es la Palabra de Dios, según la hermenéutica tradicional?" ¿Qué sabía Nicodemo de hermenéutica como para identificar el agua con la Palabra? Nosotros lo relacionamos porque somos demasiado eruditos. Nicodemo interpretó tal como le fue dicho. Cuando la vieja vida muere y es sepultada, ¿qué ocurre? ¿De dónde vuelve a nacer? ¡Del agua, por el poder del Señor!

Allí comienza la nueva vida. La Biblia ha establecido el bautismo como un acto funcional, real, significativo, práctico, a través del cual la gente pasa de una manera concreta, de las tinieblas al reino de Dios. Démosle, pues, la importancia que le corresponde.

NO NOS APRESUREMOS

¿Cómo actuaremos ahora? ¿Predicaremos y llenaremos el bautisterio invitando a bautizarse a todos los que quieren? No nos apresuremos. No es cuestión de bautizar pronto. Pero sí, cuando las personas vienen por primera vez, debemos explicarles esto claramente: "Si quieres ser discípulo de Cristo, si quieres integrarte a la comunidad de los hijos de Dios, tienes que arrepentirte y negarte a ti mismo. Tienes que poner en segundo término a tu padre, madre, mujer e hijos, esposo, hermanos y aún tu propia vida. Cristo tiene que ser primero. Debes tomar tu cruz y seguir a Cristo. Tienes que renunciar a todo lo que posees."

No bauticemos a nadie si no estamos seguros de que ha comprendido que no está ante una doctrina, sino ante una persona viviente: Jesucristo. No bauticemos si no vemos que haya una disposición a reconocer a Cristo como el Señor de la vida. Dios nos va a ayudar y a guiar paso a paso en este terreno. Tampoco es cuestión de darles toda la serie de mensajes sobre el señorío de Cristo para que se bauticen, ni es necesario que entiendan todo. Lo fundamental es que el individuo se confronte con una persona viviente que se llama Jesucristo. Aunque no entienda nada de doctrina, que comprenda esto: que Jesucristo es el Señor. Debe captar la esencia de lo que esto significa. Hasta ahora ha vivido como le ha parecido; desde ahora, debe estar dispuesto a entregarse a él, y a hacer lo que él ordene.

Hagamos que esta verdad sea viva y penetrante. El pecador tiene que conocer a este Cristo resucitado y glorificado como Señor. Cuando se da en él esta disposición, este entendimiento, esta rendición, entonces lo bautizamos, lo sepultamos para muerte, y es resucitado a una nueva vida. Cuando el pecador se identifica con Cristo, muriendo y resucitando con él, pasa a pertenecer al reino de Dios.

Algo más: Los evangélicos hemos puesto demasiado énfasis en la experiencia inicial y muy poco en la continuidad. Hemos hecho hincapié en que la conversión es un acto definido de un momento, una crisis. Y es cierto. Pero hemos dejado de enfatizar otro aspecto de la verdad. Es cierto que un día me bauticé, que morí a la vieja vida. ¿Pero ahora, qué? ¿Eso es todo? No, tiene que prolongarse en una experiencia continua. Debemos permanecer en la gracia del bautismo.

Cristo dijo: "Haced discípulos… bautizándolos… y enseñándoles que guarden todas las cosas que yo os he mandado." Si bautizamos al pecador y pensamos: "Ya está; murió y resucitó, ahora tiene vida", y lo dejamos allí, es muy probable que su vida quede trunca. Porque estas verdades funcionan dentro del contexto adecuado, donde se brindan las enseñanzas del Nuevo Testamento y se convive en amor. Dentro de nuestro contexto, tal cual es, no operan. Por eso, inmediatamente después que se bautiza a alguien, es imprescindible que comience a ser adoctrinado y enseñado en forma continua. Para esto, es necesario que cada bautizado tenga un padre espiritual o alguien que lo guíe, que esté en constante comunicación con él, que se preocupe, que realice la función de una nodriza.

¿Acaso no ha nacido una nueva criatura? Los recién nacidos necesitan una atención especial. Esto es muy importante. El corazón del que se ha bautizado es tierno, está abierto a Dios, recibe lo que se le enseña, tiene hambre. ¡A los niños recién nacidos se les da leche cada tres horas! Hace falta, pues, un cuidado intensivo para los que recién nacen espiritualmente, integrándose a la familia de Dios.[1]




[1] Jorge Himitian, Jesucristo El Señor, Décima edición. (Buenos Aires, Argentina: Editorial Logos, 2011), 140–152.


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ADONAY ROJAS ORTIZ
Pastor
http://adonayrojasortiz.blogspot.com


sábado, 21 de octubre de 2023

El mensaje de Malaquías

La tarea de este profeta desconocido era reavivar el fuego de la fe en los corazones de un pueblo desalentado. Ezequiel y el autor de los capítulos 40-55 de Isaías habían mantenido viva la fe de los exiliados asegurándoles la pronta liberación y prometiéndoles el establecimiento del reino de Dios. Ezequiel estaba tan seguro de ello que preparó una serie de normas para guiar a los ciudadanos del reino venidero. La liberación llegó en cierta medida, pero el amanecer de la era mesiánica se retrasó. La predicación de Hageo y Zacarías reavivó las esperanzas que se desvanecían. Bajo el estímulo de su entusiasmo, el templo fue reconstruido y la fe se avivó. Eliminados todos los obstáculos que se oponían a la llegada del reino, los profetas y el pueblo esperaban con confianza la aparición de la anhelada Edad de Oro. De hecho, llegaron a identificar a Zorobabel con el Mesías esperado y a coronarlo en reconocimiento de su derecho (Zc. 6:9-15). Pero la era mesiánica seguía retrasando su llegada. Las esperanzas centradas en Zorobabel se disiparon y se hicieron añicos. Las brillantes imágenes de Hageo y Zacarías no se hicieron realidad. El primer celo por el nuevo templo se enfrió rápidamente. Israel estaba aparentemente tan lejos de la exaltación a la influencia y el poder como nunca lo había estado. ¿Qué motivo había para el aliento o la esperanza? ¿Por qué seguir negándose a sí mismo para que los servicios del templo se mantuvieran adecuadamente? Al parecer, Yahvé no tenía ningún interés en su pueblo ni en la vindicación de la justicia y la rectitud. ¿Merecía la pena el servicio a Yahvé? ¿Rendía beneficios tangibles y satisfactorios a sus adeptos?

 

En tales condiciones y en medio de tales sentimientos, el escritor de Malaquías preparó su apología en favor de Yahvé. Debe lograr al menos dos cosas: dar una explicación satisfactoria del retraso en el cumplimiento de las expectativas de Israel y restablecer la confianza en Yahvé y en la pronta venida de su Mesías. El primero de estos objetivos lo intenta alcanzar mediante el método genuinamente profético de transferir la responsabilidad del retraso de los hombros de Yahvé a los del propio Israel. Los pecados de Israel hacen inconcebible que la bendición de Yahvé recaiga sobre ella tal como es ahora. Al igual que Hageo y Zacarías habían insistido en la reconstrucción del templo como única vía para obtener el favor de Yahvé, nuestro profeta exige ciertas acciones concretas y tangibles como requisito previo para que los profetas estén todos de acuerdo con el pueblo en que la nación de Yahvé debe prosperar hasta superar con creces a todas las demás naciones. Los profetas coinciden con el pueblo en que la discrepancia entre la suerte de Israel y lo que le corresponde se debe a la enormidad de los pecados de Israel. Si se eliminan éstos, se establecerá de inmediato la deseada armonía entre la fortuna externa y el derecho de nacimiento espiritual. El autor de Malaquías coincide en esto con todos sus predecesores. Como ellos, concibe la piedad con derecho a recompensas materiales. Está seguro de que, si esas recompensas no se conceden en la dispensación actual, se obtendrán en su totalidad en la era mesiánica. El pensamiento de que la piedad es su propia recompensa, que Dios es su mejor regalo, no encuentra expresión en él. Pero, en un tiempo venidero del bien deseado. El sacerdocio corrupto y descuidado debe enmendar sus caminos y volver a la condición ideal que prevalecía en los tiempos antiguos, cuando la verdadera enseñanza estaba en la boca del sacerdote, la injusticia no se encontraba en sus labios, y por su vida intachable apartaba a muchos de la iniquidad. Su conducta ahora es un insulto a su Dios. Los sacrificios y las ofrendas deben mantenerse en la forma y calidad debidas. Su negligencia es una ofensa imperdonable. No se recibirán dones de Yahvé mientras se retengan los diezmos y las ofrendas que se le deben. Si Israel cumple cabalmente con sus obligaciones, Yahvé podrá contar con que cumplirá todas sus promesas hechas por medio de los profetas.

 

A pesar del énfasis y la insistencia del profeta en estas fases externas de la vida religiosa, no se le puede acusar por ello de tener una concepción superficial de la religión. Deplora la negligencia y el desprecio de estas cosas, no porque sean esenciales para el bienestar de Dios, o porque por sí mismas tengan algún valor a sus ojos, sino porque la negligencia es un síntoma de un estado de la mente y del corazón que es cualquier cosa menos agradable a Dios. Revela una falta de reverencia, fe y amor que es un defecto primordial en la vida religiosa de Israel. El pueblo y los sacerdotes se preocupan tan poco por Yahvé que no observan sus exigencias en cuanto al ritual. El verdadero piadoso debe hacer toda la voluntad de Dios con todo su corazón.

 

El elemento genuinamente interior de la religión de Malaquías se manifiesta también en las nuevas exigencias de reforma que exhorta. La antigua protesta profética contra la injusticia social resuena de nuevo en 3,5, mostrando que los intereses éticos tan característicos de la profecía anterior también estaban cerca del corazón de este profeta. Una fase especial de esta protesta es la denuncia de la práctica común según la cual los maridos judíos se divorcian de sus esposas judías y toman en su lugar esposas de las familias no judías circundantes. El profeta se da cuenta claramente de la crueldad hacia la esposa divorciada y la resiente profundamente. No duda en calificar el procedimiento de traición por parte del infractor hacia su propio pueblo. Pero, más que eso, es una traición a Yahvé. Introduce en el seno de la familia judía a quienes no tienen ningún interés ni cuidado por las cosas de Yahvé. Supone el nacimiento de hijos mestizos, que estarán bajo la influencia dominante de madres que no sirven a Yahvé. Significa la contaminación de la vida religiosa judía en su origen, por la introducción de ritos y creencias paganas. Si el culto a Yahvé ha de continuar en Israel, o si el favor de Yahvé ha de derramarse sobre Israel, los matrimonios mixtos entre judíos y no judíos deben cesar. Israel, como pueblo del Dios santo, debe mantenerse santo. No puede soportar ningún contacto con personas o cosas impías. Pero los seguidores de otros dioses son los que están más lejos de ser santos para Yahvé. Por tanto, Israel debe romper por completo todas esas relaciones idólatras.

 

Las exigencias del profeta implican un cambio completo de corazón y de actitud por parte de Israel. Esta es la condición indispensable para el advenimiento de la era mesiánica. La falta de esta actitud necesaria de obediencia y confianza es la explicación suficiente de la retención del favor de Yahvé y del retraso de la llegada del reino mesiánico. Pero al profeta le quedaba la tarea de reavivar la fe y la esperanza, que serían la fuerza motriz para la institución y la ejecución de las reformas deseadas y harían posible que Yahvé concediera los anhelos de los piadosos. Nuestro profeta no se esfuerza en demostrar la validez de su esperanza en el futuro ni en señalar signos de la llegada del reino. La fe no viene por la razón. Se contenta con la afirmación ardiente y la reiteración de su propia convicción firme. Calienta sus corazones con el entusiasmo contagioso de su propio espíritu. No sabemos si sus esperanzas estaban o no encendidas por el curso de la historia contemporánea. El autor de Isaías, caps. 40-55, fue despertado por las noticias de la carrera triunfal de Ciro. La aparición de Hageo y Zacarías coincidió con las revueltas en todo el Imperio persa a la muerte de Cambises y la ascensión de Darío. La derrota de Persia por Grecia en Maratón (490 a.C.), Termópilas y Salamina (480 a.C.), y Platea (479 a.C.), con la revuelta de Egipto ayudado por los griegos (460 a.C.), pueden haber despertado expectativas en el alma de nuestro profeta. Pero tales estímulos y apoyos externos no eran indispensables para los profetas. Ellos se aventuraron continuamente en la fe. Nuestro autor se muestra capaz de tal aventura en su predicción sobre el precursor que ha de preparar el camino para la venida de Yahvé. Que su pensamiento se mueve en el ámbito de los agentes espirituales más que en el de las fuerzas políticas se ve también en su concepción de la venida de Yahvé como repentina y abrumadora en su efecto destructor y purificador. Siguiendo la tendencia del pensamiento post-exílico, pone toda su mente en la venida del Mesías y su reino. Este reino, que ha de estar por encima de todos los reinos del mundo, no necesita la ayuda de ningún poder terrenal para establecerse en el lugar que le corresponde. Yahvé mismo lo hará suyo.

 

El problema al que se enfrentaban el autor de Malaquías y sus contemporáneos no era nuevo en Israel. Era la cuestión siempre recurrente de por qué las fortunas de Israel no estaban a la altura de su posición como pueblo de Dios. ¿Cómo podía demostrarse y reivindicarse la justicia de Dios a la vista de los desastres que caían continuamente sobre su pueblo? ¿Por qué debían triunfar constantemente otras naciones a expensas del pueblo de Dios? Todos los profetas están de acuerdo con el pueblo en que la nación de Yahvé debería prosperar hasta superar con creces a todas las demás naciones. Los profetas coinciden con el pueblo en que la discrepancia entre la suerte de Israel y lo que le corresponde se debe a la enormidad de los pecados de Israel. Si se eliminan éstos, se establecerá inmediatamente la deseada armonía entre la fortuna exterior y la primogenitura espiritual. El autor de Malaquías coincide en esto con todos sus predecesores. Como ellos, concibe la piedad con derecho a recompensas materiales. Está seguro de que, si esas recompensas no se conceden en la dispensación actual, se obtendrán en su totalidad en la era mesiánica. El pensamiento de que la piedad es su propia recompensa, que Dios es su mejor regalo, no encuentra expresión en él. Pero, en un momento en que la fe vacilaba, se encontró con sus contemporáneos en su propio terreno, y emocionó sus corazones con la seguridad de que el amanecer de la Edad de Oro estaba cerca. No sólo eso, sino que también hizo operativa esta poderosa esperanza escatológica en la mejora de las condiciones morales y religiosas de su propio tiempo.


Smith, John Merlin Powis and Bewer, Julius August A Critical and Exegetical Commentary on Haggai, Zechariah, Malachi and Jonah, International Critical Commentary. New York: C. Scribner's Sons, 1912



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ADONAY ROJAS ORTIZ
Pastor
http://adonayrojasortiz.blogspot.com


Generalidades de la Escatología Bíblica

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