viernes, 25 de noviembre de 2016

Comentario Exegético al Texto Griego del Nuevo Testamento: Mateo 1

"La genealogía según Mateo es la genealogía del encuentro. La barrera de separación entre hombres quedó abolida en Jesús. Es notable ver que en la lista genealógica hay cuatro mujeres y no sólo varones. Una lectura superficial lleva a muchos a considerar como factor común a las cuatro su condición moral reprochable. Señalan a Tamar como una libertina egoísta que consiente en una relación incestuosa con su suegro para provecho propio. Acusan a Rahab como quien había ejercido la prostitución. A Ruth como una mujer con pocos escrúpulos morales. A Betsabé como una adultera. ¿Es realmente este el lazo que une a estas cuatro mujeres? ¿No lo es también en cierta medida el vínculo común a todos los de la genealogía? ¿Acaso no son seres humanos y, por tanto, pecadores? Un análisis más detenido determina una relación común con esas cuatro mujeres: ninguna de ellas es hebrea, todas son gentiles. Tamar era de origen cananeo, así como Rahab. Mujeres pertenecientes a pueblos que estaban considerados como anatema, a causa de su pecado y condenados a la destrucción. Ruth era una moabita. Betsabé era de los heteos. El Salvador no podía estar vinculado sólo a un pueblo, sino a la raza humana. En Cristo, Dios viene al encuentro del hombre como hombre y se hace solidario y compañero de los humanos. Aquel que es Verbo y, por tanto, Dios, viene a ser hombre sin dejar de ser Dios, para hacer algo más que aproximarse al hombre, aprojimarse, ser nuestro prójimo y compañero de experiencias. En Jesús, Dios se hace camino como Él mismo afirma (Jn. 14:6). Un camino de encuentro de Dios con el hombre y un camino de reencuentro del hombre con Dios. Es el encuentro de la vida absoluta con la experiencia de muerte por causa del pecado. Quien afirma ser vida (Jn. 14:6), se hace hombre para poder gustar la muerte por todos los que estaban muertos en delitos y pecados, e introducir al hombre en el camino de la vida y de la libertad (He. 2:14–15). El encuentro de Dios con el hombre alcanza los mayores niveles posibles. No es el hombre que se diviniza por la irrupción de Dios en él, sino que es Dios que se humaniza mediante la encarnación, haciendo subsistir en su Persona Divina la naturaleza humana engendrada por el Espíritu en María, uniendo perpetuamente deidad y humanidad para ser definitivamente Dios-hombre. El encuentro de Dios en Cristo no es limitado a un determinado pueblo o a un linaje humano. Jesucristo viene para dirimir en sí mismo las enemistades y hacer de judíos y gentiles un solo pueblo en Él (Ef. 2:14–16). En Él se concretan las buenas noticias de la salvación que produce la unidad de los salvos. El anuncio de la paz se hace extensiva a todos, tanto los más próximos como los más alejados (Ef. 2:18). El encuentro de Dios con la humanidad y de esta en Él por medio de Jesucristo, elimina todas las diferencias que separaban a los hombres entre sí y a estos con Dios. En razón del encuentro de Dios-hombre con el hombre, y de los hombres con Él por medio de la fe, "ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gá. 3:28). La metafísica desprecia todo cuanto tiene que ver con la carne, como naturaleza humana, la Biblia enseña la unidad de la carne con la deidad en la encarnación de Dios y en la resurrección de la carne de los cristianos. El Dios encarnado es solidario del hombre en tiempo y espacio. El Infinito se hizo hombre, para que el hombre pudiese acceder a la comunión vivencial con la Deidad, de tal modo que se haga participante de la divina naturaleza (2 P. 1:4)."

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